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SERMONES DE BILLY GRAHAM.

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Una selección de los sermones de Billy Graham.

Hay poder en la oración

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Por Billy Graham • April 27, 2012

No somos los dueños de nuestro destino, ni individualmente, ni como nación. ¿Cómo podemos jactarnos de controlar nuestro destino cuando un virus puede paralizar a decenas de miles?

¿Cómo puede nuestro país insistir en que nosotros, con nuestro poderío militar, nuestra tremenda riqueza y nuestras alianzas con otros países, somos los dueños de nuestro propio destino, cuando la historia demuestra que Dios fue quien diseñó el curso de esta nación?

Estamos atrapados en una corriente de la historia que no podemos controlar. Hay un solo poder que puede cambiar el curso de la historia, y es el poder de la oración: la oración de hombres y mujeres que creen en Cristo y reverencian a Dios.

Pero hoy, hemos llegado a un punto en que muchas personas consideran que la oración es una mera formalidad. No tenemos el sentido de buscar ese acercamiento con Dios, sino, más bien, de cumplir una tradición venerable. Pero ¿cómo podemos seguir adelante si no hacemos un nuevo énfasis en la oración?

Miles de personas oran solo en tiempos de gran tensión, peligro o incertidumbre. Cristo les enseñó a sus seguidores que oraran siempre. Tan fervientes y tan directas eran las oraciones de Jesús que una vez, cuando Él había terminado de orar, sus seguidores se acercaron a Él y le dijeron: “Señor, enséñanos a orar” (Lucas 11:1).

De tapa a tapa de la Biblia se encuentran relatos de personas cuyas oraciones fueron contestadas; personas que cambiaron la dirección de la historia por medio de la oración; personas que oraron fervientemente, y Dios contestó. Abraham oró, y mientras él oró, Dios no destruyó la ciudad de Sodoma, donde vivía Lot, el sobrino de Abraham.

Ezequías oró cuando su ciudad era amenazada por el ejército invasor de los asirios comandado por Senaquerib. Todo el ejército de Senaquerib fue destruido y la nación fue librada por una generación más… porque el rey había orado.

Elías oró, y Dios envió fuego del cielo para consumir la ofrenda del altar que él había construido en presencia de los enemigos del Señor. Eliseo oró, y el hijo de la sunamita resucitó de los muertos. Jesús oró junto a la entrada de la tumba de Lázaro, y el que había estado muerto durante cuatro días salió, vivo. El ladrón crucificado oró, y Jesús le aseguró que iba a estar con Él en el paraíso. Pablo oró, y nacieron iglesias en Asia Menor y en Europa. Pedro oró, y Dorcas resucitó para poder servir a Jesucristo varios años más.

John Wesley oró, y llegó el avivamiento a Inglaterra. Jonathan Edwards oró, y llegó el avivamiento a Northampton, Massachusetts (EUA), y miles de personas se sumaron a las iglesias. La historia ha cambiado una y otra vez a causa de la oración, y puede cambiar de nuevo si hay personas que se ponen de rodillas y oran con fe.

¡Qué cosa gloriosa sería si millones de nosotros hiciéramos uso del privilegio de orar! Jesucristo murió para hacer que esta comunión y esta comunicación con el Padre fueran posibles. Él nos dijo que hay gozo en el cielo cuando un pecador se aparta del pecado para buscar a Dios y susurra la sencilla oración: “Dios, ten misericordia de mí, que soy pecador”.

Cuando los discípulos fueron a ver a Jesús y le pidieron que les enseñara a orar, el Salvador respondió dándoles la petición modelo: el Padrenuestro. No obstante, eso solo fue parte de su sagrada instrucción. Hay decenas de pasajes en que Jesucristo ofrece otras indicaciones, y dado que Él practicaba lo que predicaba, toda su vida fue una serie de lecciones sobre la oración constante. Jesús tuvo solo tres años de ministerio público, pero nunca estaba demasiado apurado para pasar horas orando.

A diferencia de Él, ¡cuán poco tiempo y con cuán poca intensidad oramos nosotros! Cada mañana, recitamos a las apuradas partes de versículos que aprendimos de memoria y nos despedimos de Dios por el resto del día, hasta que nuevamente a las corridas le enviamos algunas peticiones finales por la noche. Este no es el programa de oración que Jesús diseñó. Jesús rogaba durante mucho tiempo y en repetidas ocasiones. Está escrito que pasaba noches enteras suplicando fervorosamente. Pero ¡qué poca perseverancia, qué poca persistencia demostramos nosotros en nuestros ruegos!

La Biblia dice: “Oren sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:17). Este debería ser el lema de todo seguidor de Cristo Jesús. Nunca deje de orar, por oscuro y desesperante que parezca su caso. Una mujer me escribió cierta vez para contarme que había estado rogando durante diez años para que su esposo se convirtiera, pero él estaba más endurecido que nunca. Le aconsejé que continuara orando. Tiempo después, volví a tener noticias de ella. Me contó que su esposo se había convertido gloriosa y milagrosamente cuando ya hacía once años que ella estaba orando. ¡Imagine si ella hubiera dejado de orar a los diez años!

Con frecuencia, nuestro Señor oraba solo, apartado de toda distracción terrenal. Quisiera instarle a que elija una habitación o un rincón de su casa donde pueda encontrarse con regularidad con el Señor. Esa oración callada, escondida, en la que el alma se encuentra con Dios acercándose a su presencia puede ser la bendición más grande para usted.

Cuando observamos la vida de oración de Jesús, notamos la intensidad con que Él oraba. El Nuevo Testamento dice que, en Getsemaní, Él clamó a gran voz; que en la intensidad de su súplica, cayó de bruces en el terreno húmedo del huerto; que rogó hasta que su sudor era “como gotas de sangre” (Lucas 22: 44).

Muchas veces, hacemos peticiones mezquinas, ejercicios de oratoria, usando palabras de otros, en lugar clamar desde lo más profundo de nuestro ser. Muchas veces, cuando vamos a orar, nuestros pensamientos divagan. Insultamos a Dios al hablarle con nuestros labios mientras nuestro corazón está lejos de Él. Supongamos que estamos hablando con una persona muy importante; ¿permitiríamos que nuestros pensamientos divaguen por un instante, acaso? No; estaríamos profundamente interesados en todo lo que se diga en esos momentos. ¿Cómo, entonces, nos atrevemos a tratar con menos respeto al Rey de reyes?

Jesús nos enseña por quién debemos interceder. ¡Cuán sorprendentes son sus instrucciones, y su ejemplo! Nos dice: “Oren por quienes los ultrajan y los persiguen” (Mateo 5:44). Debemos rogar por nuestros enemigos y pedir a Dios que los lleve a Cristo y, por Él, los perdone.

Las primeras palabras que Jesús pronunció desde la cruz, después que los gruesos clavos habían atravesado sus manos y sus pies, fueron de intercesión por quienes lo habían crucificado: “–Padre –dijo Jesús–, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). ¿Cuántos de nosotros hemos pasado algún tiempo orando por nuestros enemigos?

También nos dice la Biblia que oremos por la conversión de los pecadores. Cierta vez, escuché un intercambio de ideas entre algunos líderes sobre cómo comunicar el evangelio. Ni una sola vez mencionaron la oración Pero sé que hay decenas de iglesias que tienen muchas conversiones todos los años, solo como respuesta a la oración. Si hay una persona conocida nuestra que necesita a Cristo en su vida, debemos comenzar a orar por ella. Nos sorprenderemos al ver cómo Dios comienza a obrar.

Una lección más que Jesús enseña es la victoriosa seguridad de que Dios responde toda petición sincera. Los escépticos pueden cuestionarlo, negarlo o burlarse. Pero Cristo mismo hizo esta promesa: “Si ustedes creen, recibirán todo lo que pidan en oración” (Mateo 21:22). Debemos confiar en esa promesa. Nuestro Padre es dueño de todo, y Él “les proveerá de todo lo que necesiten, conforme a las gloriosas riquezas que tiene en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19).

Dios puede derrotar a cada uno de los enemigos de su alma y defenderlo a usted de todo peligro. Nada es imposible para Él. No hay tarea demasiado ardua, no hay problema demasiado difícil, no hay ninguna carga demasiado pesada para el amor de Dios. Él conoce completamente el futuro, con sus miedos y sus incertidumbres. Acuda a Él y diga, junto con Job: “Mas él conoce mi camino; me probará, y saldré como oro” (Job 23:10, RV60).

No ponga su voluntad por encima de la voluntad de Dios. No insista en hacer las cosas a su manera. No le diga a Dios lo que tiene que hacer. Más bien, aprenda la difícil lección de orar como oró el mismísimo Hijo de Dios sin pecado: “No se cumpla mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

Muchos de ustedes nunca han llegado a conocer a Jesucristo como para orar en su nombre. La Biblia dice que el único mediador entre Dios y el hombre es Jesucristo. Usted debe conocerlo, y debe orar en su nombre. Así, sus oraciones serán dirigidas conforme a la voluntad de Dios.

Si no sabe cómo orar, comience ahora mismo diciendo: “Dios, ten misericordia de mí, que soy pecador”. Pídale a Dios que perdone todo su pecado, transforme su vida y lo convierta en una persona nueva. Él puede hacerlo hoy mismo como respuesta a una sencilla oración.

La oración

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Por Billy Graham • April 27, 2012

Nadie ha alentado más la oración que Jesús. Los seguidores de Cristo recibieron tanto el aliento como la enseñanza para orar. Veían constantemente el ejemplo que Él daba en la oración, y notaron la relación directa entre el ministerio excepcional de Jesús y su devota vida de oración.

Jesús consideraba que la oración era más importante que la comida, porque la Biblia dice que horas antes del desayuno, “muy de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, Jesús se levantó, salió de la casa y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar” (Marcos 1:35).

Para el Hijo de Dios, la oración era más importante que reunir grandes multitudes. La Biblia dice: “Sin embargo, la fama de Jesús se extendía cada vez más, de modo que acudían a él multitudes para oírlo y para que los sanara de sus enfermedades. Él, por su parte, solía retirarse a lugares solitarios para orar” (Lucas 5:15-16).

Las preciosas horas de comunión con su Padre celestial significaban mucho más para nuestro Salvador que el sueño, porque la Biblia dice: “Por aquel tiempo se fue Jesús a la montaña a orar, y pasó toda la noche en oración a Dios” (Lucas 6:12).

Oró en funerales, y los muertos resucitaron. Oró por cinco panes y dos peces, y una multitud fue alimentada con el almuerzo de un niño. Oró: “No se cumpla mi voluntad, sino la tuya”, y se abrió un camino para que los hombres y mujeres pecadores pudieran acceder a un Dios santo.

Dios le entregó un plano
Dios quiso relacionar su obra en el mundo con las oraciones de su pueblo. Noé oró y Dios le dio un plano del arca de la liberación. Moisés oró y Dios libró a los israelitas de la esclavitud egipcia. Gedeón oró y las huestes de un enemigo formidable huyeron atemorizados ante sus trescientos valientes hombres de oración. Daniel oró y las bocas de los leones se cerraron. Elías oró y el fuego de Dios consumió el sacrificio y el agua que rodeaba el altar. David oró y derrotó a Goliat en el campo de batalla filisteo.

Los discípulos oraron y fueron llenos del Espíritu Santo, de modo que se agregaron 3000 personas a la iglesia en un día. Pablo oró y cientos de iglesias nacieron en Asia Menor y Europa. Dios ciertamente contesta las oraciones.

Algunas oraciones son contestadas con un “sí”, y algunas con un “no”. Pero, ¿qué pasa con las oraciones no contestadas?

Tal vez sus oraciones han estado mezcladas con dudas. Tal vez ha orado en forma egoísta. Tal vez ha pedido a Dios cosas que no son las que más le convienen.

“Oré fervientemente, pero no ocurrió nada”, dirán muchos con un dejo de desánimo. “Pedí sanidad y estoy afligido”… “Pedí dinero y estoy quebrado”… “Pedí orientación y estoy en serios problemas”… “Pedí a Dios una persona para formar una familia y no he encontrado ninguna”… “Pedí a Dios un buen hogar y miren la desdicha y confusión que hay en nuestro hogar”.

La Biblia dice que hay razones específicas por las que hay oraciones no contestadas.

Podría ocurrir que nuestras oraciones no son contestadas por causa de la desobediencia. Un hijo desobediente no puede esperar “tener el oro y el moro”, como decimos. La Biblia dice: “Pero debes saber que, si no obedeces al Señor tu Dios ni cumples fielmente todos sus mandamientos y preceptos que hoy te ordeno, vendrán sobre ti y te alcanzarán todas estas maldiciones” (Deuteronomio 28:15).

¿Un cortocircuito en la comunicación?
Tal vez sus oraciones no han sido contestadas por un pecado secreto. David dijo (y él debería saberlo): “Si en mi corazón hubiera yo abrigado maldad, el Señor no me habría escuchado” (Salmos 66:18). El pecado produce un cortocircuito en el sistema de comunicación entre la tierra y el cielo, así que su oración con un corazón malvado ni siquiera llegará a Dios.

Otra razón por la que las oraciones no son contestadas es el egoísmo o la terquedad. La Biblia dice: “Cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones” (Santiago 4:3). El propósito de la oración es doble: la bendición del hombre y la gloria de Dios. Si una oración es hecha tercamente para nuestro propio beneficio y no para la gloria de Dios, no merece ser contestada. “No sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (ver Marcos 14:36) es el espíritu de una oración eficaz.

La verdadera oración no es una vana repetición de palabras pronunciadas en público como una exhibición religiosa. Jesús dijo: “Cuando oren, no sean como los hipócritas, porque a ellos les encanta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para que la gente los vea. Les aseguro que ya han obtenido toda su recompensa” (Mateo 6:5).

“No hay ateos en las trincheras”
La oración, en el verdadero sentido, no es un vano grito de desesperación que nace del temor o la frustración. Miles de personas oran solo cuando están bajo mucha presión, o en peligro, abrumados por la incertidumbre. He estado en aviones cuando un motor se detuvo; entonces la gente comenzó a orar. Hemos atravesado tormentas terribles en las que personas que jamás pensaron en orar antes estaban orando alrededor de nosotros. He hablado con soldados que me dijeron que nunca habían orado hasta que se encontraron en el medio de una batalla. Parece haber un instinto en las personas que las lleva a orar en tiempos de dificultad.

Sabemos que “no hay ateos en las trincheras”, pero el tipo de cristianismo que no logra introducirse en nuestras vidas cotidianas jamás cambiará el mundo.

La oración no está limitada a posturas religiosas convencionales; tampoco está restringida a casas de adoración o a ceremonias religiosas. La Biblia dice: “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar” (1 Timoteo 2:8, RV60).

Al orar, su postura física no es tan importante como la actitud de su corazón. Muchas personas ponen mucho énfasis en la posición del cuerpo durante la oración. Algunos grupos o sectas insisten en que uno debe arrodillarse cada vez que ora, o que debe colocar las manos de cierta forma. Todo relativamente carece de importancia, si bien el arrodillarse es un acto de humildad cuando se hace sinceramente.

Orar es simplemente una conversación de doble vía entre usted y Dios. La razón por la que los grandes santos han cerrado sus ojos al orar es para dejar afuera los asuntos del mundo, para que sus mentes puedan estar completamente concentradas en sus conversaciones con Dios. Sin embargo, en ninguna parte de la Biblia dice siquiera que cerrar los ojos es importante, si bien ciertamente se presta a la actitud de oración.

Liberar el poder
La siguiente pregunta que hacen muchos es: “¿A quiénes se les dice que oren?”. La Biblia tiene la respuesta: a “todos”.

De nuevo, muchos preguntan: “¿Dónde se nos manda orar?”. Pablo nos da la respuesta cuando dice: “en todo lugar”.

Algunos podrán preguntar, también: “¿Cuándo se nos manda orar?”. La Biblia dice: “siempre” (Lucas 18:1). Es un mandamiento, un deber y un privilegio.

En esta era moderna en la que vivimos, hemos aprendido a controlar la potencia del poderoso Niágara para nuestro uso y nuestro bien. Hemos aprendido a mantener cautivo el vapor en las calderas, y a liberar su tremendo poder para hacer girar nuestras máquinas. Hemos aprendido a contener vapores de gasolina en un cilindro para que exploten en el segundo designado y muevan nuestros automóviles y camiones velozmente por nuestras autopistas. Hasta hemos descubierto el secreto de liberar la energía del átomo, lo cual es capaz de destruir ciudades y civilizaciones enteras.

Pero muy pocos de nosotros hemos aprendido a desarrollar plenamente el poder de la oración. Aún no hemos aprendido que los hombres y las mujeres son más poderosos cuando están en oración que cuando están detrás de las armas de fuego más poderosas que se hayan desarrollado. No hemos aprendido que una nación es más poderosa cuando se une en oración ferviente a Dios que cuando sus recursos son derivados hacia armas defensivas. No hemos descubierto que las respuestas a todos nuestros problemas pueden venir a través del contacto con el Dios Todopoderoso.

Oren por nosotros
Decenas de misioneros, en todas partes del mundo, me han dicho: “Por favor, haga que las personas en nuestro país oren por nosotros. Preferimos sus oraciones a cualquier otra cosa”. Si los cristianos en nuestro país se dieran cuenta de cuánto significan sus oraciones para estos valientes héroes de la fe, no dejarían de orar día y noche por sus representantes en los campos misioneros en el extranjero.

Los obreros cristianos aquí en el país también necesitan sus oraciones. Lo sé de mi experiencia personal. Solo podemos avanzar en nuestro trabajo evangelístico –las Cruzadas, el ministerio fílmico, la televisión y la radio– gracias a sus oraciones. Si no fuera por las oraciones de miles de creyentes en todo el mundo, nuestro ministerio fracasaría por completo.

¡Pidan libremente!
Ahora consideremos la oración objetivamente. ¿Qué dice la Biblia acerca de la oración eficaz?

Primero: La oración es para los hijos de Dios. Jesús dijo: “Ustedes deben orar así: Padre nuestro…” (ver Mateo 6:9).

Dios tiene una responsabilidad específica para sus hijos; y a menos que hayamos ingresado a la familia de Dios a través del nuevo nacimiento, no tenemos ningún derecho de pedir favores a Dios. La Biblia dice: “Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios” (Juan 1:12).

Hay cristianos nuevos que me han dicho: “No sé cómo orar. No tengo las palabras correctas”.

Cuando nuestros hijos recién comenzaban a hablar y les costaba encontrar las palabras correctas, igual lograban hacerse entender con mi esposa y conmigo, y los errores que cometían solo nos hacían quererlos más. De hecho, estoy seguro que atesoro esos primeros intentos de conversación más que las palabras de muchos adultos que hablan sin titubeos y sin errores.

Oh, mi amigo ansioso cuyas oraciones no han sido contestadas, Dios te invita a la intimidad de ser su hijo espiritual. “Para que sean intachables y puros, hijos de Dios sin culpa en medio de una generación torcida y depravada. En ella ustedes brillan como estrellas en el firmamento” (Filipenses 2:15).

Segundo: La oración eficaz es ofrecida con fe.

La Biblia dice: “Por eso les digo: Crean que ya han recibido todo lo que estén pidiendo en oración, y lo obtendrán” (Marcos 11:24).

No hay bicicleta para él
Maltbie Babcock dijo: “Nuestras oraciones deben significar algo para nosotros si han de significar algo para Dios”. No hace falta decir que si nuestras oraciones son ambiguas, sin sentido y entremezcladas con la duda, quedarán sin respuesta. La oración es más que un deseo dirigido hacia el cielo… es la voz de la fe dirigida hacia Dios.

Tercero: La oración dinámica emana de un corazón obediente.

La Biblia dice: “Y recibimos todo lo que le pedimos porque obedecemos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada” (1 Juan 3:22).

Conozco a un padre rico que no quería dar a su hijo una bicicleta porque su boletín escolar tenía notas muy bajas, no había barrido las hojas del jardín y no había cumplido con otras tareas. Estoy seguro de que el padre no habría sido sabio si daba regalos valiosos a un hijo tan desobediente y desagradecido.

La Biblia dice: “En cambio, si lo desobedecen y no acatan sus mandatos, él descargará su mano sobre ustedes” (1 Samuel 12:15).

Si desea que sus oraciones lleguen a Dios, entréguele su voluntad rebelde, y Él escuchará su clamor. La obediencia es la llave maestra de la oración eficaz.

Cuarto: Debemos orar en el nombre de Cristo.

Jesús dijo: “Cualquier cosa que ustedes pidan en mi nombre, yo la haré; así será glorificado el Padre en el Hijo” (Juan 14:13).

No somos dignos de acercarnos al santo trono de Dios excepto a través de nuestro Abogado, Jesucristo.

La Biblia dice: “Por lo tanto, ya que en Jesús, el Hijo de Dios, tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos, […] acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos” (Hebreos 4:14, 16).

Dios, por amor a Cristo, perdona nuestros pecados. Dios, por amor a Cristo, suple nuestras necesidades. Dios, por amor a Cristo, recibe nuestras oraciones. La persona que acude con confianza al trono de gracia ha visto que su acercamiento a Dios ha sido hecho posible por Jesucristo.

Estar en concordancia con Dios
Muchos preguntarán: “¿No hay otra forma de orar excepto a través de Jesucristo?”. Uno puede orar, pero, según la Biblia, “hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5).

Quinto: Debemos desear la voluntad de Dios. Aun nuestro Señor, en contra de lo que sentía en el momento, dijo: “Padre mío, si no es posible evitar que yo beba este trago amargo, hágase tu voluntad” (Mateo 26:42).

La oración lo vincula con los verdaderos propósitos de Dios para usted y para el mundo. No solo trae las bendiciones de la voluntad de Dios a su propia vida personal, sino que le da la bendición adicional de estar en concordancia con el plan de Dios.

Y por último: Nuestra oración debe ser para la gloria de Dios.

La oración modelo que Dios nos ha dado finaliza diciendo: “Tuyos son el reino y el poder y la gloria” (Mateo 6:13). Si queremos que nuestras oraciones sean contestadas, debemos dar la gloria a Dios. Nuestro Señor dijo a sus discípulos: “Cualquier cosa que ustedes pidan en mi nombre, yo la haré; así será glorificado el Padre en el Hijo” (Juan 14:13).

¡Qué privilegio el nuestro: el privilegio de la oración! Cristiano, examine su corazón, vuelva a consagrar su vida, entréguese a Dios sin reservas, porque solo los que oran con un corazón limpio serán escuchados por Él. La Biblia dice: “La oración del justo es poderosa y eficaz” (Santiago 5:16).

Debemos orar en tiempos de adversidad, para no volvernos personas sin fe e incrédulas. Debemos orar en tiempos de prosperidad, para no volvernos jactanciosos y orgullosos. Debemos orar en tiempos de peligro, para no volvernos temerosos y dubitativos. Necesitamos orar en tiempos de seguridad, para no volvernos autosuficientes. Pecadores, ¡oren a un Dios misericordioso pidiendo perdón! Cristianos, oren pidiendo un derramamiento del Espíritu de Dios sobre un mundo testarudo, malvado e impenitente. Padres, ¡oren pidiendo que Dios corone su hogar con gracia y misericordia! Hijos, ¡oren por la salvación de sus padres!

Cristianos, santos de Dios, oren para que el rocío del cielo pueda caer sobre la tierra seca y sedienta, y para que la justicia pueda cubrir la tierra como las aguas cubren el mar. Oren, creyendo, con esta promesa de nuestro Salvador en mente: “Crean que ya han recibido todo lo que estén pidiendo en oración, y lo obtendrán” (Marcos 11:24).

“Satanás tiembla cuando ve al santo más débil de rodillas”, así que ¡ore, cristiano, ore!

De no indicarse algo diferente, las citas bíblicas incluidas en este artículo son tomadas de la Santa Biblia, Nueva Versión Internacional (NVI) Copyright © 1999 Biblica. Las citas bíblicas marcadas como RV60 fueron tomadas de la Santa Biblia, Versión Reina-Valera 1960, Copyright © 1960 American Bible Society.

¿Qué es el evangelio?

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Por BGEA • April 27, 2012
Justo antes de que yo saliera a cumplir con uno de mis compromisos de predicación en África, un vecino me preguntó con cierto desdén: “¿Por qué va a África a llevar su religión? Ellos tienen sus propias religiones. ¿Por qué molestarlos con la suya?”. Se sorprendió mucho cuando le aseguré que no vamos a ninguna parte a predicar “religión”.

Nuestro mensaje es el evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Yo no cruzaría ni la calle –mucho menos, el océano– para lograr que alguien se interesara en la religión; pero estoy dispuesto a ir a cualquier lugar del mundo a predicar el evangelio del Hijo de Dios.

A lo largo de los siglos, ha habido cientos de miles de personas que han tenido la misma dedicación de Pablo, el principal apóstol: “Sin embargo, considero que mi vida carece de valor para mí mismo, con tal de que termine mi carrera y lleve a cabo el servicio que me ha encomendado el Señor Jesús, que es el de dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hechos 20:24). Hay miles de religiones, pero solo un evangelio.

Pablo dijo: “No me avergüenzo del evangelio, pues es poder de Dios para la salvación de todos los que creen” (Romanos 1:16).

El evangelio es el poder de Dios que toma a un ladrón y lo convierte en una persona honesta. El evangelio es el poder de Dios que transforma a un asesino en alguien con un corazón lleno de amor. El evangelio es el poder de Dios que toma a un hombre o a una mujer caídos, levanta a esa persona y la hace pura como un ángel. ¡El evangelio de Jesucristo es el poder de Dios que puede cambiarlo a usted!

Después de 2000 años, el evangelio no ha perdido nada de su antiguo poder. Es tanto el poder de Dios para salvación hoy como lo fue cuando se lo predicó por primera vez. Puede vencer todos los obstáculos y romper todas las barreras. El pecado no es obstáculo, ya que aun en los extremos de desesperanza y degradación, el evangelio florece, porque lleva consigo la abundante gracia de Dios.

Dios es tan rico que no vende nada de esto. Aun los más ricos son tan lastimosamente pobres que no podrían comprarlo. Es un regalo gratuito: por fe, por medio de la fe, y nada más.

Siempre el mismo fruto
El evangelio funciona en cualquier lugar, en todo lugar. Ha sido declarado en todos los continentes de la tierra, en todas las condiciones sociales, raciales, culturales y económicas que sea posible imaginar. Siempre funciona y siempre produce el mismo fruto. Despeja las tinieblas, libera de ataduras, libera a los cautivos del pecado e imparte libertad y paz.

Aun entre los cristianos, hay una ignorancia generalizada en cuanto a los ingredientes que componen el evangelio. La Biblia nos advierte sobre quienes “quieren tergiversar el evangelio de Cristo” (Gálatas 1:7). ¿Acaso hay advertencia más severa que las palabras de Gálatas 1:9? “Si alguien les anda predicando un evangelio distinto del que recibieron, ¡que caiga bajo maldición!”. Dado que este evangelio es el evangelio de la gloria de Dios, la persona que predica “otro evangelio” (es decir, un poco de ley, un poco de gracia, un poco de Cristo, un poco del yo, un poco de fe, un poco de obras) le roba la gloria a Dios y la esperanza al pecador.

No hay nada más importante para conocer y tener en claro en nuestra mente, que el evangelio de Jesucristo. El Nuevo Testamento insiste en que somos salvos por creer el evangelio. Si usted cree el evangelio, será liberado del castigo y el poder del pecado aquí y ahora, y cuando esta breve vida terrenal termine, irá al cielo. Si no cree el evangelio, estará perdido en las tinieblas de afuera. Cualquier cosa que determine nuestro destino eterno, sin duda, merece que la estudiemos con máxima atención.

¿Qué es, entonces, el evangelio de la gracia de Dios? Si la Biblia enseña que somos salvos por creer el evangelio, ¿qué es lo que debemos creer?

Pidámosle la respuesta a Pablo. Él nos señala en 1 Corintios 15:1-4: “Ahora, hermanos, quiero recordarles el evangelio que les prediqué, el mismo que recibieron y en el cual se mantienen firmes. Mediante este evangelio son salvos, si se aferran a la palabra que les prediqué. De otro modo, habrán creído en vano. Porque ante todoles transmití a ustedes lo que yo mismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado, que resucitó al tercer día según las Escrituras”.

Una obra en tres días
Usted se dará cuenta enseguida de que el evangelio de la gracia de Dios está compuesto por dos partes: primero, Cristo murió por nuestros pecados; segundo, Cristo resucitó de los muertos. Si usted lee las epístolas de Pablo, verá que su mensaje está centrado en tres cosas: la muerte, la sepultura y la resurrección de Cristo.

Esto está en total armonía con el resto del Nuevo Testamento, ya que debemos recordar que Cristo no vino principalmente a predicar el evangelio (aunque proclamó libertad a los prisioneros), sino más bien, vino para que hubiera un evangelio que predicar. Este evangelio fue ganado y hecho realidad por la obra de Cristo en ese cruel madero.

Él vino del cielo a la tierra con un extraño propósito. Era tan diferente del de todo otro ser humano, que se aferra a la vida y que pasa la vida empeñado en vivir. El Señor Jesús vino con el propósito de morir. Aunque la muerte no tenía derecho alguno sobre Él, nació para morir.

Simón Pedro declaró: “Porque Cristo murió por los pecados una vez por todas, el justo por los injustos, a fin de llevarlos a ustedes a Dios” (1 Pedro 3:18). Todos hemos quebrantado las leyes de Dios y hemos desobedecido abiertamente sus mandamientos, y por ello, todos estamos bajo sentencia de muerte. Pecar contra un Dios infinitamente santo es incurrir en una culpa infinita y exige un sacrificio infinito. Pero el infinito Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, murió; y al morir, satisfizo plenamente cualquier reclamo que hubiera en nuestra contra.

La diferencia vital
Si alguien, en nuestro país, fuera sentenciado a muerte por asesinato, y uno de sus amigos fuera ante el juez, diciendo que morirá gustosamente en lugar del condenado, el tribunal se vería obligado a sentenciar que, según nuestras leyes, un hombre no puede morir en lugar de otro.

Pero Dios no está atado por las leyes de los hombres. “Pero el Señor quiso quebrantarlo y hacerlo sufrir, y […] él ofreció su vida en expiación” (Isaías 53:10).

Nosotros, los seres humanos, con nuestras limitaciones de tiempo y espacio, fechamos la muerte del Señor Jesús en el primer siglo de la presente era y la ubicamos en “la colina verde, allá lejos, fuera de los muros de la ciudad”. Pero, en lo que a Dios concierne, es un acontecimiento atemporal.

En realidad, el Señor Jesús fue muerto, en la mente y en el plan de Dios, desde antes de la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8). Para el ojo de la fe, la muerte de Jesucristo está tan cerca de nosotros como lo estuvo para el ladrón que murió junto a Él.

Pero Pablo no se limitó a declarar la obra de la cruz. El hecho de que el Señor Jesús murió para salvar es una mitad del evangelio; el hecho de que resucitó de los muertos para guardar es la otra mitad. Ambas partes son esenciales en el evangelio completo de la gracia de Dios. Jesús habría sido un Salvador insuficiente si hubiera permanecido muerto. El hecho de que murió y ahora vive en el cielo por nosotros demuestra que Él es un Salvador completamente suficiente.

La diferencia vital entre nuestra fe sobrenatural y todas las religiones naturalistas del mundo es la resurrección de Jesucristo de entre los muertos.

El mensaje que nunca falla
Este, pues, es el evangelio. Este es el mensaje que, cuando se lo cree, nunca deja de ser poder de Dios para salvación. No hay casos difíciles o irremediables. Para muchos que están pereciendo en sus pecados, es locura; pero para nosotros que somos salvos, es poder de Dios (1 Corintios 1:18).

“Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras” (1 Corintios 15:3). Esta es la única base sobre la cual un Dios santo y recto puede perdonarle a usted sus pecados y recibirlo para sí. El que fue crucificado, ahora vive en la gloria, en el poder de la resurrección. El Dios todopoderoso lo ha declarado Príncipe y Salvador.

No puedo instarlo lo suficiente a que acepte al Señor Jesús ahora mismo, en la quietud de su corazón; que se aparte de sus pecados y acuda a Él, y lo reciba como su Señor y Salvador.

Recíbalo con sus ojos: “Mirad a mí, y sed salvos” (Isaías 45:22, RV60). Recíbalo con sus pies: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso” (Mateo 11:28). Recíbalo con sus manos: “El que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida” (Apocalipsis 22:17). Recíbalo con sus labios: “Prueben y vean que el Señor es bueno” (Salmos 34:8). Recíbalo con sus oídos: “Escúchenme y vivirán” (Isaías 55:3). Recíbalo con su voluntad: “Elijan ustedes mismos a quiénes van a servir” (Josué 24:15). Recíbalo con su corazón: “Confía en el Señor de todo corazón” (Proverbios 3:5).

Si usted lo recibe, Él lo recibirá a usted, y descubrirá que este evangelio, que habla de la muerte, la sepultura y la resurrección de Cristo por usted, es poder de Dios para salvación eterna.

De no indicarse algo diferente, las citas bíblicas incluidas en este artículo son tomadas de la Santa Biblia, Nueva Versión Internacional (NVI) Copyright © 1999 Biblica. Las citas bíblicas marcadas como RV60 fueron tomadas de la Santa Biblia, Versión Reina-Valera 1960, Copyright © 1960 American Bible Society.

Hechos, fe y sentimientos: La seguridad de la salvación

hechos

Por Billy Graham • April 27, 2012

La terrible incertidumbre que acosa a muchas personas proviene de un malentendido sobre lo que es la experiencia cristiana. Algunas personas parecen no conocer la naturaleza de la conversión cristiana, mientras que otras han recibido información equivocada sobre la conversión y están buscando algo que la Biblia no dice.

Muchos sufren dificultades e incertidumbre en su vida cristiana porque confunden la fe con los sentimientos.

La fe siempre implica un objeto; es decir, cuando creemos, debemos creer “algo”. A ese algo, yo le llamo “el hecho”. Le diré tres palabras que le mostrarán la forma de salir de la incertidumbre para tener una vida cristiana llena de seguridad. Estas palabras son: hecho, fe y sentimiento. Vienen en ese orden, y el orden es esencial. Si las confundimos, eliminamos una o les agregamos algo, acabaremos en un pantano de desesperación, tanteando en la semipenumbra, sin el gozo y la seguridad de alguien que puede decir: “sé en quién he creído” (2 Timoteo 1:12).

Si usted es salvo de su pecado, es salvo por una fe personal en el evangelio de Cristo tal como lo definen las Escrituras. Aunque al principio, quizá le parezca dogmático y estrecho, el “hecho” es que no existe otro camino. La Biblia dice: “Ahora, hermanos, quiero recordarles el evangelio que les prediqué, […]. Porque ante todo les transmití a ustedes lo que yo mismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado, que resucitó al tercer día según las Escrituras” (1 Corintios 15:1, 3-4). La Biblia dice que somos salvos cuando nuestra fe está puesta en este hecho objetivo. La obra de Cristo es un hecho; su cruz es un hecho; su tumba es un hecho; su resurrección es un hecho.

Es imposible hacer realidad algo solo creyéndolo. El evangelio no llegó a existir porque hombres y mujeres lo hayan creído. En la primera Pascua, esa tumba no quedó vacía del cuerpo de Cristo porque algunas personas fieles lo hayan creído. El hecho precedió a la fe. Somos psicológicamente incapaces de creer si nuestra fe no tiene un objeto. Los cristianos no les piden a las personas que crean algo que no es creíble, sino que crean en el hecho histórico que, en realidad, trasciende toda la historia. Nosotros les pedimos a las personas que crean que esta obra de Cristo por los pecadores es eficaz para todos aquellos que le confían su alma a Él. Confiar en Él para su salvación eterna es confiar en un hecho, no en algo creado por la imaginación de alguna persona.

La segunda de estas tres palabras es “fe”. La fe es racionalmente imposible cuando no hay nada para creer. La fe debe tener un objeto. El objeto de la fe cristiana es Cristo. Fe es más que aceptar intelectualmente lo que Cristo dijo. La fe implica la voluntad; la decisión de creer en Cristo. Si decimos con nuestra mente y nuestro corazón: “Sí, creo en Cristo y recibo lo que Él ha hecho por mí”, entonces, tenemos vida eterna. Fe, en realidad, significa entrega y compromiso con las afirmaciones de Cristo. Significa reconocer nuestros pecados y acudir a Jesús. No conocemos a Cristo con los cinco sentidos físicos, pero lo conocemos con ese “sexto sentido” que Dios ha dado a cada hombre y cada mujer: la capacidad de creer.

La última de las tres palabras es “sentimiento”, y debe ser la última para usted. Creo que las personas que buscan sinceramente la salvación de Dios sufren desasosiego e incertidumbre cuando piensan que deben sentir alguna emoción en particular para convertirse.

Si usted busca la salvación tal como la presenta la Biblia, querrá saber qué clase de experiencia dice la Biblia que debe tener. Quizá haya pasado a un altar, o a un salón aparte, o quizá se haya arrodillado junto a la radio o la televisión en su casa cuando alguien hizo la invitación a recibir a Cristo. Escuchó el mensaje, se dio cuenta de que era un pecador necesitado de un Salvador y supo que su vida era un desastre espiritual. Sabía que había intentado todo lo que el hombre ha inventado para mejorar su vida y lograr una reforma, pero todo había fallado. En su estado de perdición y desesperanza, buscó salvación en Cristo. Creyó que Él podía salvarlo y que estaba dispuesto a salvarlo. Leyó la invitación de Jesús a los pecadores: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso” (Mateo 11:28). Leyó su promesa: “al que a mí viene, no lo rechazo” (Juan 6:37). Leyó sus palabras: “¡Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba!” (Juan 7:37).

He leído atentamente todo el Nuevo Testamento para ver qué clase de experiencia podemos esperar. Me he fijado para ver qué clase de experiencia constituye la conversión, y he descubierto que el Nuevo Testamento presenta solo una clase. Hay una experiencia que podemos buscar, y es la experiencia de la fe.
Creer es una experiencia tan real como cualquier otra, pero hay multitudes que buscan algo más; alguna sensación eléctrica que conmueva su cuerpo físico, o alguna otra manifestación espectacular. A muchos se les ha dicho que deben buscar estas emociones espirituales, pero la Biblia dice que los seres humanos son “justificados por la fe” (Romanos 3:28), no por sentimientos. Una persona es salva cuando confía en la obra terminada de Cristo en la cruz y no por sensaciones físicas o un éxtasis religioso.

Usted me dirá: “¿Y qué de los sentimientos? ¿Acaso no hay lugar para los sentimientos en la fe salvadora?”. Claro que hay lugar para los sentimientos en la fe salvadora, pero no son ellos los que salvan. Cualquier sentimiento que haya es consecuencia de la fe salvadora, pero el sentimiento nunca ha salvado un alma.

Cuando entiendo algo del amor que Cristo tiene por mí, pecador, respondo con amor por Cristo, y el amor implica sentimiento. Quienes aman a Cristo tienen una seguridad en Él que supera cualquier temor.

Tener una conciencia culpable es un sentimiento, y la Biblia dice que Cristo limpia la conciencia: “La sangre de machos cabríos y de toros, y las cenizas de una novilla rociadas sobre personas impuras, las santifican de modo que quedan limpias por fuera. Si esto es así, ¡cuánto más la sangre de Cristo, quien por medio del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, a fin de que sirvamos al Dios viviente!” (Hebreos 9:13-14).

El ser limpiado de una conciencia culpable y ser libre de su constante acusación es una experiencia, pero no es la limpieza de la conciencia lo que nos salva. Lo que salva es la fe en Cristo. Una conciencia limpia es la consecuencia de haber iniciado la relación correcta con Dios.

El gozo es un sentimiento. La paz interior es un sentimiento. El amor por los demás es un sentimiento. La preocupación por los perdidos es un sentimiento. Pero estos sentimientos no constituyen la conversión.

Quiero repetirlo: la única experiencia, la única que podemos esperar y debemos buscar, es la experiencia de creer en Jesucristo.

Finalmente, alguien podrá decir: “Yo creo los hechos históricos del evangelio, pero nada ha cambiado para mí. Creo que no soy salvo”. Quizá no lo sea, porque la fe que salva tiene una característica distintiva. La fe salvadora es una fe que produce obediencia. Es una fe que lleva a una forma de vida en particular. Algunas personas han imitado exitosamente esa forma de vida por un tiempo; pero para quienes confían en Cristo para su salvación, esta fe produce en ellos el deseo de vivir en la práctica esa experiencia interior de fe. Es un poder que produce una vida piadosa y una entrega.

Usted cree los hechos; ahora, entréguese enteramente a Cristo y, por la autoridad de la Palabra de Dios, se convertirá en un hijo de Dios. “Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios” (Juan 1:12).

De no indicarse algo diferente, las citas bíblicas incluidas en este artículo son tomadas de la Santa Biblia, Nueva Versión Internacional (NVI) Copyright © 1999 Biblica.

 

Usted puede vencer la tentación

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Por Billy Graham • April 27, 2012

Sin embargo, algunas personas me escriben para decir que están progresando poco o nada en su andar cristiano. Están luchando, y hay pocas evidencias de una conversión genuina en sus vidas. Quieren ayuda para que su vida cristiana sea gozosa y victoriosa.

Permítame recordarle que la Biblia enseña que en el instante en que usted recibe a Cristo como su Salvador, ya tiene el poder de Dios para crecer espiritualmente. La conversión no es el fin, sino el comienzo. Usted debe continuar para ingresar en una vida cristiana más plena y rica.

El apóstol Pablo escribió: “Deseen con ansias la leche pura de la palabra, como niños recién nacidos. Así, por medio de ella, crecerán en su salvación” (1 Pedro 2:2). El apóstol Pablo elogió a los cristianos de Tesalónica: “Su fe se acrecienta cada vez más” (2 Tesalonicenses 1:3). ¿Es esta su experiencia? ¿Está usted lleno de gozo porque está lleno de Cristo? La salvación, sin duda, no es algo que se deba “soportar”; ¡es algo para disfrutar! Y la disfrutará solo cuando descubra la voluntad de Dios, el propósito y el plan que Él tiene para su vida.

Las personas más desgraciadas son los cristianos que viven fuera de la voluntad de Dios. No pueden crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Si usted desea tener una vida gozosa y victoriosa, una de las cosas más importantes que querrá saber es qué hacer en cuanto a la tentación.

No tiene nada de inusual o anormal que un cristiano sea tentado. De hecho, es de esperar que lo sea. Las personas que creen que nunca son tentadas deberían preguntarse si en realidad están espiritualmente vivas. Dígase a sí mismo: “Los cristianos son tentados. Ahora, yo soy cristiano; por lo tanto, seré tentado. ¿Qué ha preparado Dios para mí?”.

Con el fin de ayudarle a responder esa pregunta, le sugeriré cinco cosas:
Primero, reconozca que la tentación es una experiencia normal. La Biblia dice que no nos ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los seres humanos en general (1 Corintios 10:13).

Cristo, siendo el único hombre perfecto, fue tentado en todo tal como nosotros (Hebreos 4:15). Además, sintió profundamente la angustia mental y espiritual que acompaña a la tentación, ya que está escrito que “él mismo padeció siendo tentado” (Hebreos 2:18, RV60).

Dios nunca tienta a nadie (Santiago 1:13); eso es tarea del diablo. Satanás es el tentador, y nos tienta según nuestros deseos naturales. Muchos de nuestros deseos son buenos, como el deseo de comida, descanso, comunión, autoconservación, etc. Pero, dado que somos miembros de una raza pecadora y caída, tenemos algunos deseos equivocados; por ejemplo, podemos sentirnos tentados a engañar, mentir, odiar y buscar venganza.

Algunos deseos no son malos en sí mismos, pero terminan en pecado si se abusa de ellos. La preocupación por las necesidades de la vida y el cuidado de la propia familia es esencial; pero esto puede degenerar en ansiedad, y entonces, como Cristo nos recuerda, los cuidados de este mundo ahogan la semilla espiritual que fue plantada en el corazón.

El dinero es necesario para la vida diaria, pero ganar dinero puede degenerar en amar al dinero, y entonces, el engaño de las riquezas arruina nuestra vida espiritual.

He aquí una fórmula para utilizar cuando esté en duda. Pregúntese: “¿Glorifica esto a Dios? ¿Puedo hacerlo en el nombre de Cristo? ¿Puedo orar dando gracias por ello? ¿Me hace preocupar más por las cosas del mundo, o me acerca a los pies de Cristo? ¿Me edifica en mi vida cristiana, o me aplasta? ¿Ayudará a los demás, o les hará tropezar?”.

Si usted puede responder sinceramente que sí a estas preguntas, podrá reconocer una tentación cuando le llegue. La Biblia enseña que Dios siempre nos da la salida de la tentación, para que podamos soportar. En cuanto sea tentado, pida ayuda a Dios.

Segundo, sepa que Cristo vive dentro de cada persona que lo ha aceptado como Salvador. Ningún enemigo es demasiado poderoso para Cristo. Toda tentación puede ser resistida. Usted puede tener una gloriosa victoria diaria.

La Biblia dice: “Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la ley sino bajo la gracia” (Romanos 6:14). Pablo escribió en Romanos 7:24: ¡Soy un pobre miserable! ¿Quién me librará de este cuerpo mortal?”. Y luego responde su propia pregunta: “¡Gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor!” (Romanos 7:25).
En Romanos 8:2 leemos: “pues por medio de él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte”.

Tercero, reconozca el lugar de la Palabra de Dios en el crecimiento cristiano y la lucha contra la tentación. La Biblia dice: “¿Cómo puede el joven llevar una vida íntegra? Viviendo conforme a tu palabra. […]. En mi corazón atesoro tus dichos para no pecar contra ti” (Salmos 119:9,11).

Crecemos en gracia y tenemos acceso a la fuente de fortaleza espiritual cuando leemos y estudiamos la Palabra de Dios. Esa Palabra realmente nos cambia.

La Palabra de Dios es “la espada del Espíritu” (Efesios 6:17). Para el cristiano, la Biblia no es solo un libro santo que se coloca en un estante. Es un arma potente que se toma con ambas manos y se utiliza para derrotar al enemigo.

Estúdiela. Memorícela. Decídase a leer la Biblia todos los días a partir de hoy. No se puede tener una vida física sana si no se come con regularidad; tenga el mismo sentido común para mantener la salud de su vida espiritual. La lectura diaria de la Biblia es esencial para tener una vida cristiana victoriosa y crecer como cristiano.

Cuarto, aprenda el secreto de la oración. Durante todos los días de su vida en la tierra, es notorio que Jesús fue un hombre de oración.

Oraba con sus discípulos. Oraba en secreto. A veces, pasaba toda la noche orando. Haga de Él su ejemplo. Si Él, el santo Hijo de Dios que no tuvo pecado, no podía vivir en esta tierra sin tener una comunión constante con Dios, usted y yo, sin duda, tampoco podremos hacerlo.

Quizá usted esté pensando: “Pero no sé qué decir cuando oro”. A Dios no le importa que usted balbucee o no arme frases elocuentes. No le molesta que tenga errores gramaticales. A Él le interesa lo que hay en su corazón.

Tenga un tiempo de oración secreta cada día, cuando pueda orar a solas. Debe ser un hábito regular y convertirse en algo tan vital y necesario para usted como la comida diaria. Otra cosa que le sugeriría es que ore “sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:17). En otras palabras, que mantenga un espíritu de oración durante todo el día.

Esto no significa que tenga un rostro solemne y severo todo el día. Significa que, en todas las situaciones, tenga conciencia de estar apoyado en Dios, con su corazón inclinado hacia Él.

Quinto, entregue y consagre su vida a Cristo. La Biblia dice que debemos consagrarnos al Señor (vea Éxodo 32:29). Pablo escribió: “Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente” (Romanos 12:1-2).

Arrodíllese delante de Dios y pregúntele si hay algún área de su vida que usted aún no haya entregado a Él. El reflector del Espíritu Santo iluminará los rincones más profundos de su alma y revelará cosas que usted creía que ya había entregado, pero no lo había hecho. Pase un tiempo orando y pensando en las cosas que ven sus ojos, las que oyen sus oídos y las que pronuncia su lengua. Pida a Dios que tome sus ojos, sus oídos, su lengua, sus manos, su vida social, sus amigos y todas las áreas de su vida bajo el control de su Espíritu. Entréguese a Él completamente y sin reservas. Esto agrada a Dios. La Biblia dice: “El obedecer vale más que el sacrificio” (1 Samuel 15:22). Más que cualquier otra cosa, Dios quiere que usted le obedezca y le ame. La vida consagrada es la vida victoriosa.

De no indicarse algo diferente, las citas bíblicas incluidas en este artículo son tomadas de la Santa Biblia, Nueva Versión Internacional (NVI) Copyright © 1999 Biblica. Las citas bíblicas marcadas como RV60 fueron tomadas de la Santa Biblia, Versión Reina-Valera 1960 (RVR1960) Copyright © 1960 American Bible Society.

La vida cristiana victoriosa

victoriosa

Por Billy Graham • April 27, 2012

No obstante, cada vez me convenzo más de que nunca veremos un avivamiento en los Estados Unidos a menos que los cristianos cumplan con ciertos requisitos bíblicos para el avivamiento. Las grandes multitudes que se reúnen, la maravillosa colaboración de las iglesias, las puertas que se abren para ministrar, son sin precedentes; todas son pruebas de que Dios se está moviendo. Pero el avivamiento arrasador que muchos cristianos han anhelado, y por el cual han orado, aún no ha llegado, aunque hay evidencias de que podría estar preparándose.

Cuando Dios mira desde el cielo y ve el estado actual de la fe cristiana en los Estados Unidos, creo que debe de sentirse apenado. Miles de cristianos han dejado su primer amor; otros no son ni fríos ni calientes. Como Dios le dijo a la iglesia de Laodicea: “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” (Apocalipsis 3:17, RV60).

La iglesia en los Estados Unidos está bien organizada. Parecería que hay fondos ilimitados disponibles. Por todos lados se levantan nuevos edificios de iglesias. Parece que no nos falta nada, pero no puedo dejar de escuchar, una y otra vez, las mismas palabras ardientes que penetran en nuestra alma: “…no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo”. Ha llegado el momento de llamar a los cristianos al arrepentimiento.

La Biblia enseña que hay tres clases de personas. Primero, el hombre o la mujer natural. Al respecto dice: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:14, RV60). La Biblia enseña que cada ser humano que nace en el mundo, nace en pecado y es, por naturaleza, hijo de ira. Todos estamos separados de Dios y totalmente desvalidos, aunque esta persona natural suele ponerse una careta de religiosa y esforzarse por agradar a Dios por sus propios medios. Las personas naturales pueden orar e ir a la iglesia. Quizá sean religiosas, pero su religión suele ser una religión de obras: de “vivir una vida correcta”, de esforzarse por hacer las cosas lo mejor posible.

La Biblia enseña claramente que ninguno de nosotros puede mejorar nuestra naturaleza caída. Por nosotros mismos, con nuestras fuerzas y a partir de nosotros, no podemos agradar a Dios. Por mucho que oremos, por muchas obras buenas que hagamos, no podemos llegar a ser aceptables a los ojos de Dios. La persona natural puede ser culta, capaz, educada, refinada y—según el desarrollo de sus dones naturales—un magnífico espécimen humano. Pero la persona natural es, según la Palabra de Dios, totalmente incapaz de conocer o comprender las cosas de Dios. Hay solo una cosa que los hombres y las mujeres naturales pueden hacer: arrepentirse de sus pecados y aceptar por fe a Jesucristo.

Segundo, hay un grupo llamado los cristianos carnales. El apóstol Pablo dice en 1 Corintios 3:1: “De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo” (RV60). Los cristianos carnales son personas que continuamente contristan al Espíritu Santo con su carácter, su susceptibilidad, su irritabilidad, su falta de oración o su amor a sí mismos. Estas son señales de carnalidad, de una condición de “niños en Cristo”. Estas personas viven una vida mundana.

Tercero, están los cristianos espirituales. La persona en la que mora el Espíritu Santo, dice la Palabra de Dios, entiende la verdad espiritual. Los hombres o mujeres espirituales quizá no tengan estudios universitarios, pero pueden saber más de Dios que un profesor no regenerado o un líder teológico no santificado ni consagrado. Para el cristiano espiritual se abre todo un espectro de conocimiento espiritual del que este mundo no sabe nada y del que el cristiano mundano solo puede tener una muy vaga idea.

La pregunta que se nos plantea es: ¿cómo puede el cristiano carnal convertirse en un cristiano espiritual?

Quizá hubo algún tiempo en que usted era un cristiano espiritual. Aún conservaba su primer amor; su corazón ardía de amor por Dios. Pero algo sucedió en el camino; algo ha perturbado su relación con Dios, y usted ya no tiene el gozo, la paz y el entusiasmo que alguna vez tuvo. No se toma el tiempo para leer la Biblia. Sus tiempos de oración son escasos. Su interés en las cosas espirituales se ha desvanecido, y sin embargo, siente una gran hambre de Dios, un ansia de su alma por el gozo y la victoria que ha visto en las vidas de otros. Usted quiere tener ese gozo en su alma, tener esa emoción en su corazón. Quiere volver a conocer el poder de la oración.

La Biblia enseña que podemos tener una gloriosa victoria diaria. La Biblia dice: “Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la ley sino bajo la gracia” (Romanos 6:14). Pablo escribió en Romanos 7:24: ¡Soy un pobre miserable! ¿Quién me librará de este cuerpo mortal?”. Y luego responde su propia pregunta: “¡Gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor!” (Romanos 7:25).

En Romanos 8:2 leemos: “Pues por medio de él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte”. Y en 1 Corintios 15:57: “¡Pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!”.

Desde el punto de vista divino, un cristiano vencido es algo anormal. Son miembros paralizados del Cuerpo de Cristo. Apartarse y ser carnal no solo es inexcusable; también es incompatible con la experiencia cristiana normal. Son estados que producen un régimen de contradicción. Dado que el Cristo vivo habita dentro de cada uno de los que lo ha aceptado como su Salvador, no hay jamás ninguna razón para la derrota. ¡No hay enemigo demasiado poderoso para Cristo! ¡Toda tentación puede ser resistida!

Si usted, siendo cristiano, es vencido por el enemigo, la explicación más sencilla es que le ha negado a Cristo el lugar de supremacía que le corresponde en su corazón. El destronamiento de Cristo siempre produce fracaso en la guerra espiritual. Es Cristo, y solo Cristo, quien puede darle una vida victoriosa diaria, continua.

No obstante, la Biblia enseña que cada cristiano tiene tres enemigos. El primer enemigo con el que debemos contender es el mundo. Ahora bien, “el mundo” significa este mundo malvado presente, el gran sistema del mal que nos rodea. Es todo lo que está a nuestro alrededor y tiende a hacernos pecar. Pueden ser las personas malas de este mundo, o las cosas de este mundo.

Ciertas cosas de la vida cotidiana no son pecaminosas en sí mismas, pero pueden llevarnos a pecar si abusamos de ellas. Abuso significa, literalmente, ‘uso excesivo’ y en muchos casos, el uso excesivo de cosas legítimas lleva a pecar. Pensar sobre las necesidades de la vida y ocuparse de la familia es esencial. Pero esto puede degenerar en ansiedad, y entonces, como Cristo nos recuerda, los cuidados de esta vida ahogan la semilla espiritual en el corazón (Marcos 4:19). Ganar dinero es necesario para la vida diaria. Pero el afán de ganar dinero puede degenerar en amor por el dinero, y entonces, el engaño de las riquezas entra y arruina nuestra vida espiritual. La Biblia amonesta: “No amen al mundo ni nada de lo que hay en él” (1 Juan 2:15).

El segundo enemigo del cristiano es la carne. Pablo dijo: “Yo sé que en mí, es decir, en mi *naturaleza pecaminosa, nada bueno habita. Aunque deseo hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo” (Romanos 7:18). La Biblia enseña que la carne es la naturaleza humana caída. Es el principio corrupto del pecado, la naturaleza humana que los hombres y las mujeres naturales han heredado de sus progenitores caídos. Es el punto donde se inician esos horribles pecados que tan fácilmente arruinan el gozo del cristiano y su testimonio. Los pecados del mal temperamento, la irritabilidad, el mal humor, la envidia, el orgullo, el egoísmo, la falta de perdón, la ansiedad y la preocupación, la brusquedad, las quejas, la crítica, la lujuria; todas estas cosas son características de la carne.

El tercer enemigo del cristiano es el diablo, a quien Pablo llama “el que gobierna las tinieblas” (Efesios 2:2). La Biblia enseña que el diablo es una persona real. Su objetivo es derrotar la voluntad de Dios en el mundo, la iglesia y el cristiano. Es el incansable enemigo del alma. Debe ser enfrentado y vencido. Gracias a Dios, porque por medio de la victoria de Jesús en la cruz, este poderoso enemigo ha sido total y finalmente aniquilado. Un día, todo el mundo verá la total consumación del triunfo de Cristo. Mientras tanto, Satanás está muy ocupado en el mundo; a veces, presentándose como ángel de luz (vea 2 Corintios 11:14), y otras, como león rugiente buscando a quién devorar (1 Pedro 5:8).

Estos, entonces, son nuestros tres enemigos: el mundo, la carne y el diablo. La actitud del cristiano ante estos tres se resume en una palabra: renunciar. No debe haber negociación, ni concesiones, ni dudas. La renuncia absoluta es el único camino posible para que el cristiano tenga victoria en la vida. Si usted es cristiano, no hay excusa para no tener victoria diaria en su vida renunciando al pecado y permitiendo por fe que el Espíritu Santo tenga el control de su vida.

Y si usted es aún una persona “natural”, es decir, si nunca ha conocido el gozo y la paz que da Jesús, puede recibir el perdón si se aparta de su pecado y acepta por fe a Cristo como Señor y Salvador. Usted puede conocer la paz con Dios que solo Cristo puede dar. ¿Por qué no acude a Él ahora mismo?

De no indicarse algo diferente, las citas bíblicas incluidas en este artículo son tomadas de la Santa Biblia, Nueva Versión Internacional (NVI) Copyright © 1999 Biblica. Las citas bíblicas marcadas como RV60 fueron tomadas de la Santa Biblia, Versión Reina-Valera 1960, Copyright © 1960 American Bible Society.

¿Por qué permite Dios el sufrimiento?

sufrimiento

Por Billy Graham • April 27, 2012
Billy Graham impacted the world during his six-plus decades of ministry, but neither a stage nor a well-known name are vital to sharing the love of God.
¿Por qué permite Dios las tragedias? En 1976 estábamos en Guatemala cuando se produjo un terrible terremoto, y parecía que casi todo el país se estaba hundiendo. El presidente me preguntó si quería aparecer en televisión para explicar a la gente por qué Dios permitiría que una tragedia tan grande ocurriera a su país.

El 21 de noviembre de 1980, cuando el MGM Grand Hotel de Las Vegas se incendió, trajeron a los sobrevivientes al Centro de Convenciones, donde se estaban realizando las reuniones de nuestras Cruzadas. En una entrevista, el gobernador Robert List habló de los buenos tiempos en el MGM solo 24 horas antes. “Y cuán rápidamente”, dijo, “la música se ha detenido”.

Algún día, para todos ustedes, si no conocen a Dios, la música se detendrá. Habrá terminado. La Biblia dice que “está establecido que los seres humanos mueran una sola vez, y después venga el juicio” (Hebreos 9:27).

La Biblia dice que Job perdió repentinamente toda su riqueza y sus hijos. Él no sabía que se estaba desarrollando una poderosa lucha espiritual. Satanás había acusado a Dios de hacer de Job su protegido y darle posesiones terrenales. El diablo dijo a Dios: “Si le quitas todas esas posesiones, te maldecirá y se alejará de ti”. Pero Dios contestó: “Puedes hacerle lo que desees, excepto que no puedes matarlo, y luego veremos” (ver Job 1:11-12).

Job no preguntó nunca por qué le estaban ocurriendo esas cosas. Lo más cerca que llegó fue cuando dijo: “Dime qué es lo que tienes contra mí” (Job 10:2). Job estaba compartiendo su agonía espiritual con el mismo Dios a quien él no podía entender.

El sufrimiento transmite varios mensajes a todos nosotros. El sufrimiento lleva un mensaje de misterio. La Biblia dice: “Grande es el misterio de nuestra fe” (1 Timoteo 3:16). Cuando me pidieron que explicara la tragedia del incendio en el MGM Grand Hotel, tuve que decir: “Hay un misterio en esta clase de tragedias. No sabemos la respuesta”. Y tal vez nunca la sepamos hasta que Dios nos explique todas las cosas.

Para los humanos, es un misterio por qué Dios creó la tierra. Es un misterio por qué puso personas sobre esta tierra. Pero Dios ha revelado respuestas a través de la Biblia y a través de la Persona de su Hijo, Jesucristo. En la Biblia usted encontrará las respuestas a las preguntas y los problemas de su vida.

Pero el hombre se rebeló contra Dios. El hombre dijo: “No te necesito, Dios. Puedo construir mi mundo sin ti”. Dios dijo: “Si tomas esa posición, sufrirás y morirás”. El hombre tomó esa posición, y comenzó a sufrir, y ha estado muriendo desde entonces. La muerte física es solo la muerte del cuerpo, pero el espíritu sigue viviendo. Si su espíritu está separado de Dios por la eternidad, se perderá para siempre.

La Biblia enseña que Satanás es el autor del pecado. El pecado es la causa de que tengamos sufrimiento, incluyendo la muerte. Todos nuestros problemas y nuestro sufrimiento, incluyendo la muerte misma, son producto de la rebelión del hombre contra Dios. Pero Dios ha provisto un rescate en la Persona de su Hijo, Jesucristo. Por ese motivo murió Cristo en la cruz. Por eso resucitó.

En el sufrimiento hay, también, un mensaje de compasión. Jesús dijo: “Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me dieron alojamiento; necesité ropa, y me vistieron; estuve enfermo, y me atendieron; estuve en la cárcel, y me visitaron” (Mateo 25:35-36). Mientras el fuego avanzaba por el MGM Grand Hotel, vi equipos de emergencia, militares, el Ejército de Salvación, la Cruz Roja, médicos, enfermeras y personas que venían a donar ropa y alimentos. Vi la compasión en acción.

En el sufrimiento hay un mensaje de unidad. Los hijos mellizos de Isaac, Jacob y Esaú, habían estado discutiendo y peleando. Pero, cuando murió Isaac, fueron a enterrarlo. Por la muerte de su padre, los dos hijos se unieron.

Jesús oró, diciendo: “Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti” (Juan 17:21, RV60). Y así deberíamos ser como cristianos, uno en Cristo. Si hemos nacido a la familia de Dios somos hijos de Dios. Somos hermanos y hermanas.

El sufrimiento contiene un mensaje de consuelo. En 2 Corintios leemos: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios” (2 Corintios 1:3-4). Porque usted haya sufrido una tragedia, tendrá un mayor sentido de identificación con otras personas que sufren tragedias. Podrá comprenderlas en esa situación de sufrimiento. Porque hemos sido consolados a través de la Palabra de Dios, podemos a su vez consolar a otros.

¿Cuál debería ser nuestra actitud hacia el sufrimiento? Primero, debe ser de adoración. Deberíamos decir: “Oh, Dios, creo que Tú eres el gran y poderoso Dios. No entiendo todas las cosas que están ocurriendo en mi vida, pero, oh Dios, confío en ti”.

Segundo, debemos pedir a Dios que nos enseñe todo lo que quiere que aprendamos acerca de Él, acerca de nosotros, acerca de los demás y de cómo podemos ministrar a los que sufren.

Tercero, nuestra actitud en el sufrimiento debe glorificar a Dios. Las personas nos van a observar como cristianos. Preguntarán: “¿Cómo puede ser que Cristo está tan en control de su vida que pudo ayudar a los demás?”.

Jesús sufrió y murió por nosotros en la cruz, pero Dios lo levantó de los muertos. Jesucristo está ahora sentado a la diestra de Dios el Padre, y Él ve nuestro sufrimiento. Ve nuestra vida cada día y sabe exactamente dónde estamos parados.

La Biblia enseña que debemos ser pacientes en el sufrimiento. Eso es lo que más cuesta: ser pacientes, tener canciones en la noche. Las lágrimas se convierten en telescopios hacia el cielo, acercando un poco la eternidad.

Creo que hay en el sufrimiento, también, un mensaje de advertencia. El profeta Amós dijo: “¡Quedaron como tizones arrebatados del fuego! Con todo, ustedes no se volvieron a mí”, afirma el Señor. “Por eso, Israel, voy a actuar contra ti; […] ¡Prepárate, Israel, para encontrarte con tu Dios!” (Amós 4:11-12). ¿Está usted preparado para encontrarse con Dios?

¿Qué tiene que hacer para estar listo? Dios tomó la iniciativa al entregar a su Hijo, Jesucristo. Dios dice: “Yo te amo. Quiero perdonarte. Quiero que vayas al cielo”. Pero usted debe responderle. ¿Cómo responder?

Usted debe responder haciendo tres cosas. Primero, arrepentirse de su pecados. Diga: “Señor, soy un pecador. Quiero arrepentirme de mis pecados”. Esto involucra un cambio en la forma de pensar y de vivir. Jesús dijo: “A menos que se arrepientan, perecerán” (ver Lucas 13:3).

Segundo, usted debe recibir por fe a Jesucristo en su corazón. La fe significa un compromiso total. Significa que tiene que llevar su mente y sus emociones a Cristo por fe. Tiene que decir: “Señor, recibo a Jesucristo en mi corazón”.

Tercero, debe estar dispuesto a seguirlo y servirlo como discípulo. Eso significa leer la Biblia, orar y testificar. Eso significa amar: “De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (Juan 13:35). La característica de todo creyente es el amor. Dios nos da su amor, un amor sobrenatural. Esa es la razón por la que los esposos pueden amarse en una nueva dimensión cuando conocen a Cristo. Es la razón por la que padres e hijos pueden amarse de una nueva forma cuando acuden a Cristo.

Reciba a Jesucristo en su corazón como Señor, Maestro y Salvador. Sígalo y sírvalo de ahora en más. Usted puede saber que está preparado para encontrarse con Dios, no importa lo que traiga aparejado el futuro.

De no indicarse algo diferente, las citas bíblicas incluidas en este artículo son tomadas de la Santa Biblia, Nueva Versión Internacional (NVI) Copyright © 1999 Biblica. Las citas bíblicas marcadas como RV60 fueron tomadas de la Santa Biblia, Versión Reina-Valera 1960, Copyright © 1960 American Bible Society.

Cristo es la respuesta

respuesta

Por Billy Graham • April 27, 2012

Para muchísimas personas que escriben a nuestra oficina cada semana, la vida ya no parece tener sentido. Tengo buenas noticias para usted. Dios no nos creó para ser un alma derrotada, desanimada, frustrada y errante que busca en vano la paz. Tiene planes mayores para usted. Tiene un mundo más amplio y una vida más grande para usted. La respuesta a su problema, no importa cuán grande sea, está tan cerca como su Biblia, es tan sencilla como las matemáticas del primer grado y tan real como el latido de su corazón.

La Biblia dice: “Sin embargo, en todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Romanos 8:37). La Biblia enseña también que “todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe” (1 Juan 5:4).

Con la autoridad de la Palabra de Dios, le digo que Cristo es la respuesta a toda perplejidad desconcertante que aqueja a la humanidad. En Él se encuentra la cura para la preocupación, un bálsamo para el duelo, la sanidad para nuestras heridas y suficiencia para nuestra insuficiencia.

La respuesta a la soledad
Aunque se encuentre en una gran ciudad, como Nueva York o Los Ángeles, usted puede estar solo en medio de una multitud. Tal vez esté viviendo una soledad insoportable. El mundo está cerrado a usted, y usted se encuentra afuera del mundo. Las barreras sociales le han impedido hacer lo que desea hacer. O tal vez su pareja de muchos años ha sido quitada y ha quedado solo.

Muchos se vuelcan al alcohol por la soledad. Otros pierden su cordura por la soledad. Algunos se suicidan por la desesperación de la soledad.

Pero miles han encontrado que Cristo es la respuesta a su soledad.

Cristo dijo: “Les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20).

Moisés no estaba solo en el desierto de Madián cuando Dios fue a consolarlo y a llamarlo a un ministerio más amplio (Éxodo 3 y 4).

Elías no estaba solo en la cueva cuando Dios se acercó y habló con un suave murmullo (1 Reyes 19).

Pablo y Silas no estaban solos en la cárcel de Filipos, cuando Dios descendió y les dio un canto a la medianoche (Hechos 16).

Quienquiera que sea usted, Cristo puede darle consuelo y compañía. No importa el color, la raza o el credo, los deseos de su corazón son iguales. Ese lugar de soledad y dolor puede ser llenado por Cristo si le abre su corazón y lo deja entrar.

La respuesta al dolor
Cuando Harry Lauder, el gran comediante escocés, se enteró de que su hijo había muerto en Francia, dijo: “En un tiempo como éste, un hombre tiene tres posibilidades: puede entregarse a la desesperación y volverse una persona amarga, puede intentar ahogar su dolor en la bebida o en una vida de maldad, o puede volverse a Dios”.

Le ruego que, en su dolor, se vuelva a Dios. El apóstol Pablo, que sufrió tanto como cualquier persona que haya vivido, escribió: “El Señor me librará de todo mal y me preservará para su reino celestial. A él sea la gloria por los siglos de los siglos” (2 Timoteo 4:18). Enfermo, afligido, con cicatrices y moretones, y golpeado por la persecución, Pablo no tenía amargura, sino que encontraba su suficiencia en Cristo. Cristo es la respuesta a nuestro dolor.

La respuesta a las cargas
Oí la historia de un hombre cansado que caminaba por un camino, agotado y desalentado. Apenas podía poner un pie delante del otro. Un vecino lo alcanzó en una carreta y lo invitó a viajar con él. Mientras iban viajando su vecino notó que el hombre cansado y agotado aún llevaba una pesada bolsa de granos sobre su espalda.

“Apóyela en el piso”, le dijo, “no necesita cargarla”.

El hombre cansado dijo: “Oh, bastante tengo con que usted me lleve a mí, pero no esta bolsa de granos”.

Tal vez usted se haya vuelto a Dios, pero aún lleva sus cargas. Pero Dios le dice: “Depositen en mí toda ansiedad, porque yo cuido de ustedes” (ver 1 Pedro 5:7).

Si usted debe atravesar el valle de sombra de muerte, si debe despedirse de personas que ha amado, si sufre privaciones y desdicha, si es perseguido injustamente por causa de la rectitud, ¡cobre ánimo, ármese de valor! ¡Nuestro Cristo es más que adecuado para nuestro dolor!

Hablé una vez con un hombre que había perdido a su esposa y a sus tres hijos en un incendio. Nadie podría tener más razones para estar amargado o mostrar su dolor que él. Tomó mi mano con fuerza y dijo, con una sonrisa: “Dígale al mundo que la gracia de Dios es suficiente aun para la persona que más sufre”.

La respuesta al sufrimiento
La enfermedad, el dolor y el pecado son todos producto de la caída del hombre en el Huerto. La enfermedad es un subproducto de la transgresión, pero eso no quiere decir que los cristianos nunca sufren. La Biblia dice: “Muchas son las angustias del justo” (Salmos 34:19).

Job tuvo sufrimientos, Pablo tenía una dolencia, Lázaro se enfermó. A las personas buenas a lo largo de los siglos no se les ha prometido ninguna inmunidad de enfermedades o dolencias. Muchísimas personas escriben cada mes para preguntarme: “¿Por qué sufren los cristianos?”. Quédese tranquilo. Hay una razón por la que los cristianos sufren. Una razón por la que sufren los hijos de Dios, según la Biblia, es que el sufrimiento es un proceso de disciplina, corrección y moldeado.

La Biblia dice: “Reconoce en tu corazón que, así como un padre disciplina a su hijo, también el Señor tu Dios te disciplina a ti” (Deuteronomio 8:5). La Biblia dice también: “El Señor disciplina a los que ama, como corrige un padre a su hijo querido” (Proverbios 3:12).

Estos pasajes bíblicos nos dicen que la corrección de la aflicción es un paso en el proceso de nuestro desarrollo pleno y completo. Es un toque de amor de nuestro Padre celestial para mostrarnos que nos hemos apartado de la senda del deber.

El sufrimiento puede ser también un medio de refinación y purificación. Muchas vidas han surgido del horno de la aflicción más hermosas y más útiles. Tal vez nunca habríamos tenido las canciones de Fanny Crosby si no hubiera sido afligido con la ceguera. George Matheson tal vez nunca habría entregado al mundo su canción inmortal “Oh, amor, que no me dejarás” si no hubiera pasado por el horno de la aflicción. El “Aleluya” fue escrito por Handel cuando estaba en la pobreza y paralizado de su lado derecho.

Job, que fue llamado a sufrir como pocos, dijo: “Él, en cambio, conoce mis caminos; si me pusiera a prueba, saldría yo puro como el oro” (Job 23:10).

Su sala de enfermedad puede convertirse en un “gimnasio espiritual” donde su alma es ejercitada y desarrollada. La enfermedad es una de “todas las cosas” que Dios dispone para el bien de quienes lo aman (Romanos 8:28). No la resienta. No se amargue por ella. Si está acostado en la cama de un hospital, comprenda hoy que es el toque de un Padre celestial amoroso, que lo ama tanto que no lo consentirá, sino que hará que todas las cosas sean para el bien último de usted.

Cristo puede quitar el desaliento y el abatimiento de su vida. Puede aligerar su paso, apasionar su corazón y poner propósito en su mente. El optimismo y el buen ánimo son producto de conocer a Cristo.

La Biblia dice: “Gran remedio es el corazón alegre, pero el ánimo decaído seca los huesos” (Proverbios 17:22).

Si el corazón ha sido armonizado con Dios a través de la fe en Cristo, entonces rebalsará con un optimismo alegre y con buen ánimo. Pero nunca se librará usted del desaliento y el abatimiento hasta que esté en armonía con Dios. Cristo es la fuente de la felicidad. Es el manantial del gozo.

He aquí el secreto del gozo del cristiano: “Ustedes lo aman a pesar de no haberlo visto; y aunque no lo ven ahora, creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y glorioso” (1 Pedro 1:8).

La respuesta al pecado
La Biblia dice: “Pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). La Biblia indica que todos los problemas del mundo surgen del hecho de que los hombres y las mujeres han quebrantado las leyes de Dios. Hay una penalidad para el quebrantamiento de la ley de Dios, y esa penalidad es la muerte eterna y el destierro de su presencia.

Cristo es la respuesta al problema del pecado. La Biblia dice que “en él tenemos la redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados, conforme a las riquezas de la gracia” (Efesios 1:7).

La Biblia dice, también: “Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad” (1 Juan 1:9).

¿Tiene usted una conciencia que está golpeando hoy por el pecado en su vida? ¿Ha tenido esta sensación incómoda de no estar en armonía con Dios? ¿Ha estado el Espíritu Santo convenciéndolo del hecho de que usted ha quebrantado las leyes de Dios y necesita un Salvador?

¿Por qué no abrir la puerta de su corazón para dejar que Cristo entre en su vida? “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16).

No importa si se encuentra solo, triste, agobiado o si está sufriendo, Cristo es la respuesta. Como explicó mi padre, la raíz de todos nuestros problemas es el pecado, pero, nuevamente, ¡Cristo es la respuesta! Si usted entrega su vida a Cristo, Dios promete perdonar sus pecados y darle una vida nueva. ¿Entregará su vida a Cristo? Puede hacerlo ahora mismo, no importa dónde se encuentre.

Primero, reconozca que es una persona que ha pecado y se ha rebelado contra Dios. Renuncie a sus pecados, confíe en Cristo como su Salvador y sígalo como su Señor. El Espíritu Santo vendrá a vivir en su corazón. Le dará nuevas actitudes, nuevos deseos, nuevos motivos. Usted puede ser una nueva persona en Cristo.

De no indicarse algo diferente, las citas bíblicas incluidas en este artículo son tomadas de la Santa Biblia, Nueva Versión Internacional (NVI) Copyright © 1999 Biblica.

 

La seguridad de la salvación

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Por Billy Graham • April 27, 2012

Mientras cruzaba un campus universitario para dar una conferencia, un estudiante de segundo año se me acercó y me dijo: “Sr. Graham, ¿no nos defraudará usted, verdad?”. Me dejó perplejo, y le pregunté a qué se refería. Me explicó: “Díganos por favor cómo encontrar a Dios. Es lo que necesitamos”.

En otra universidad, un estudiante me dijo: “Sr. Graham, escuchamos mucho acerca de lo que Cristo ha hecho por nosotros, el valor de la religión y lo que es la salvación personal. Pero nadie nos dice cómo encontrar a Cristo”.

Este lamento de un estudiante sincero se convirtió en un serio desafío para mí. Desde entonces, en cada sermón ante estudiantes universitarios y secundarios he intentado decirles en forma simple y directa cómo encontrar a Cristo.

Millones de estadounidenses toman por sentado los elementos básicos de la fe cristiana. Sin embargo, hay otros millones que son tan ignorantes del camino de salvación que enseña el Nuevo Testamento como lo son los pueblos no alcanzados de Sudamérica o África.

La Biblia enseña que Dios ha hecho el plan de redención tan claro que cualquiera puede ser salvo. Sin embargo, saber acerca de Cristo, la cruz y el camino de la salvación es una cosa, y apropiárselo para uno mismo es otra cosa muy distinta.

Hay miles de personas en el mundo de los negocios, miles de obreros calificados y miles de estudiantes en nuestras universidades que tienen una comprensión intelectual de la fe cristiana, pero nunca han dejado a Cristo entrar en sus vidas.

Usted tiene una necesidad
Me gustaría hablar muy sencillamente acerca de cómo encontrar a Jesucristo y tener la seguridad de la salvación.

PRIMERO: Reconozca su necesidad. Nunca se encontrará cara a cara con Cristo a menos que sepa que lo necesita. Si se siente autosuficiente, capaz de enfrentar la vida con su propio poder, entonces probablemente nunca lo encuentre. Una lectura de los Evangelios revelará que Jesús no obligaba a las personas que se sentían autosuficientes, justas y confiadas en si mismas a aceptarlo.

Pero no tuvo reparos en abrir los ojos del ciego Bartimeo que clamó: “Jesús, ten compasión de mí”. No dudó en dar el agua de vida a la mujer samaritana que dijo: “Dame de esa agua para que no vuelva a tener sed”. Se puso de inmediato al lado del Pedro que se hundía en el agua, cuando este le dijo: “¡Señor, sálvame!”.

No tenemos ningún caso en el que Cristo se rehusara a ayudar a alguien que vio en Él la respuesta a su necesidad más profunda. Por otra parte, no tenemos registros de que haya obligado a ninguna persona que rechazaba su presencia y su poder a recibirlo. Su promesa es: “Me buscarán y me encontrarán, cuando me busquen de todo corazón” (Jeremías 29:13).

Tenemos su promesa
Reconozca su propia pecaminosidad y necesidad espiritual, y luego podrá haber una respuesta de Cristo. Él no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores, al arrepentimiento.

Antes de poder ser salvo, usted debe darse cuenta de que está perdido.

Antes de poder ser perdonado, usted debe darse cuenta de que ha pecado.

Antes de poder convertirse, usted debe estar convencido de que está en el camino equivocado.

Muchas promesas divinas dependen de una condición humana: “Mas a cuantos lo recibieron […], les dio el derecho de ser hijos de Dios” (Juan 1:12). “Si vivimos en la luz, […] la sangre de su Hijo Jesucristo nos limpia de todo pecado. […]. Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad” (1 Juan 1:7, 9).

Tenemos la promesa, si cumplimos con las condiciones de Dios. Debemos recibir a Cristo antes que podamos ser hijos de Dios, y debemos confesar nuestros pecados antes de poder ser perdonados.

La Biblia enseña que “todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Usted tal vez nunca ha sentido que es un pecador o una pecadora, porque nunca ha cometido un acto abiertamente inmoral.

En tal caso, reciba por fe la enseñanza de la Palabra de Dios de que no ha cumplido con los requisitos de Dios. Estoy seguro de que usted no se considera perfecto. Acepte por fe el hecho de que usted es un pecador.

Isaías, el gran profeta, al ver la pureza y la santidad de Dios, clamó: “¡Ay de mí, que estoy perdido! Soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios blasfemos” (Isaías 6:5).

Job, al considerar la santidad y la majestad de Dios, dijo: “Me aborrezco” (Job 42:6, RVR60).

Pedro, el gran apóstol, que estaba dispuesto a ser crucificado cabeza abajo por su Salvador, confesó: “Soy un pecador” (Lucas 5:8).

Vamos al médico
Todos somos pecadores a los ojos de Dios. Debemos reconocer nuestros pecados y estar dispuestos a confesarlos. Cuando tenemos una necesidad física, vamos al médico.

Cuando reconocemos que tenemos una enfermedad moral y espiritual, debemos ir al Gran Médico, nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Él es el único en el cielo y la tierra que está calificado para tratar con los complejos problemas del corazón humano.

Si las Naciones Unidas se diera cuenta de que el problema básico del mundo es espiritual y moral, sería el primer paso hacia la paz mundial. Sin embargo, está cometiendo el error que han cometido todos los grandes cuerpos deliberativos. Trata con los síntomas más que las causas. ¡La causa de nuestro problema es el pecado!

Este es el mismo error que usted puede estar cometiendo en su propia vida. Ha pensado que su problema es producto de un matrimonio desafortunado, condiciones de trabajo desfavorables o tal vez una discapacidad física o tensiones emocionales.

El problema básico
Pero el problema básico se encuentra en su propia alma. Usted ha ofendido a Dios con su pecado, y ha encontrado que no tiene fuerzas para vivir la clase de vida que usted sabe que debería vivir.

En el momento que usted reconozca esta necesidad y esté dispuesto a acudir a Cristo por fe, habrá dado el primer paso hacia la salvación y la redención.

SEGUNDO: Esté abierto a entender la cruz. Esto suena como casi imposible, porque aun los mayores teólogos nunca entendieron los misterios de la cruz. Esta es una dificultad que parece casi insuperable desde el punto de vista humano. Aun la Biblia dice que el hombre natural no puede comprender las cosas de Dios, así que ¿cómo puede alguien entender la cruz antes de encontrar la seguridad cristiana?

Cuando vemos a Cristo muriendo y derramando su sangre por nuestros pecados, quedamos absortos, asombrados y fascinados. Sentimos una extraña atracción. No podemos siquiera entender nuestros propios sentimientos. No podemos entender un amor tan grande como el suyo.

¿Cómo podemos entender?
Muchos intelectuales han creado teorías con relación a por qué murió Cristo y cuál fue el significado eterno de su muerte. Ninguna parece encajar; son inadecuadas. Ninguna nos satisface. Solo cuando entendemos que Cristo estaba muriendo en el lugar de los pecadores, por el pecado, encontramos los elementos de la satisfacción. Pero, ¿cómo podemos entenderlo?

He aquí el milagro. Así como Pedro dijo por una revelación divina: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16), de la misma forma, mediante un milagro, el significado de la cruz le será dado a usted por el Espíritu Santo.

Recuerdo a un joven periodista de Glasgow que asistió a las reuniones de Kelvin Hall como parte de su tarea. Oyó el evangelio noche tras noche, pero no pareció hacer ningún impacto sobre él.

Sin embargo, un día, cuando uno de sus colegas le preguntó: “¿Qué están predicando allá?”, trató de explicar el evangelio y, al hacerlo, dijo: “Es así … Cristo murió por mí … Cristo murió por mis pecados … y resucitó …”

Y cuando lo dijo, ¡de pronto se dio cuenta de que era verdad! De pronto recibió milagrosamente el pleno significado de esas palabras y en ese momento recibió la seguridad de la salvación.

Cuán vívida, cuán viva se vuelve la cruz cuando Pablo habla de ella: “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2:20). Cuando usted lo vea exaltado y levantado, el Hijo de Dios, azotado, desfigurado, magullado y muriendo por usted, y pueda decir con Pablo, “quien me amó y dio su vida por mí”, habrá dado el segundo paso hacia la seguridad cristiana.

TERCERO: Considere el costo. Jesús desalentó el entusiasmo superficial. Instó a las personas a considerar detenidamente el costo de ser un discípulo. Frecuentemente, cuando grandes multitudes lo seguían, se dirigía a la gente y les decía: “¿Han considerado el costo? ¿Se dan cuenta de que si alguien quiere seguirme tendrá que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme?”.

También dijo: “Supongamos que alguno de ustedes quiere construir una torre. ¿Acaso no se sienta primero a calcular el costo, para ver si tiene suficiente dinero para terminarla? […] De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:28, 33).

¿Qué es más difícil?
Muchos se acercan a Cristo sin considerar el costo primero. El costo incluye arrepentimiento, dejar el pecado y un reconocimiento continuo y diario de Cristo en su vida. Estos son los requisitos mínimos del discipulado. La vida cristiana no es para los débiles, los blandos o los cobardes.

El director de un campamento cuyo propósito es llevar a jóvenes pandilleros a Cristo dice: “Ser cristiano es la cosa más difícil del mundo. ¿Qué es más difícil que amar a tu enemigo?”.

Un chico, que se convirtió en un robusto discípulo de Cristo en este campamento, dijo recientemente: “En este grupo somos todos hermanos y todos somos hombres. Era demasiado duro para mí al principio, pero luego escuché que a través de Cristo todo es posible. Luego la dureza desapareció. Para mí un hombre no es un hombre, un hombre completo, hasta que llega a conocer a Jesucristo”.

Sí, la vida cristiana es dura y ruda, pero es desafiante. Vale todo lo que cuesta ser un seguidor de Jesucristo. Pronto encontrará que la cruz no es mayor que su gracia. Cuando tome la cruz de la impopularidad, en la universidad o donde se encuentre, encontrará que la gracia de Dios está ahí, más que suficiente para suplir cada una de sus necesidades.

CUARTO: Dé un paso decisivo. Un día, en la Universidad de Stanford, un estudiante de una fe no cristiana vino a mí en el campus y dijo que estaba convencido de que Jesús era el Hijo de Dios, pero no podía confesarlo públicamente. Dijo que en su país de origen el costo sería demasiado grande socialmente.

Tuve que decirle que la Biblia afirma: “A cualquiera que me reconozca delante de los demás, yo también lo reconoceré delante de mi Padre que está en el cielo. Pero a cualquiera que me desconozca delante de los demás, yo también lo desconoceré delante de mi Padre que está en el cielo” (Mateo 10:32-33).

Como el joven rico de la Biblia, se fue triste. Había considerado el costo y no pudo pagar el precio del reconocimiento abierto de Jesús como su Salvador.

Pedimos a las personas que hagan una confesión pública de Cristo en nuestras reuniones porque Cristo exigía un compromiso definido. No existe tal cosa como un discípulo secreto. Cristo tenía razones para exigir que la gente lo siguiera abiertamente. Él sabía que un voto sin testigos no es un verdadero voto.

El paso decisivo
Hay tres personitas que viven en el fondo de nosotros. Una es el intelecto, otra es la emoción y la tercera es la voluntad. Usted podrá aceptar intelectualmente a Cristo. Emocionalmente, puede sentir que puede amarlo. Sin embargo, hasta tanto se haya entregado a Cristo mediante un acto decisivo de su voluntad, usted no es cristiano.

¿Ha dado usted este paso decisivo? La Biblia dice: “Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios” (Juan 1: 12).

QUINTO: Permita que Dios cambie su vida. Cuando acude a Cristo, usted es un bebé espiritual. Al leer el Nuevo Testamento, verá cómo los primeros discípulos, durante los primeros días de seguir a Cristo, tropezaron y frecuentemente fracasaron. Discutían, eran envidiosos, contenciosos, infieles y a menudo se enojaban.

No obstante, a medida que se iban vaciando de sí mismos y se llenaban de Cristo, fueron desarrollándose hacia la plena estatura de un cristiano.

La conversión es solo el principio. Una nueva vida comienza en usted el momento en que recibe a Cristo. El Espíritu Santo ha pasado a residir en usted. Durante el resto de su vida se ocupará de conformarlo a la imagen de su Hijo, el Señor Jesucristo.

Sin embargo, usted será un objetivo de Satanás, el enemigo de Cristo. Cuando usted andaba en el camino de Satanás, en el mundo, él no se preocupaba demasiado en molestarlo. Lo tenía para sí; usted era su hijo. Pero ahora, desde que usted recibió a Cristo y es un hijo de Dios, Satanás usará todas sus técnicas diabólicas para frustrarlo, obstaculizarlo y derrotarlo.

Milagros alrededor de usted
Cuando usted viene a Cristo, su comportamiento moral sufrirá un reajuste. Encontrará un nuevo deseo de hacer lo correcto junto con las fuerzas para hacerlo.

Habrá reminiscencias de la vida antigua, y habrá momentos en los cuales tendrá deseos de volver “como la puerca lavada, a revolcarse en el lodo” (2 Pedro 2:22). Pero recuerde a quién pertenece ahora.

Usted ha recibido a Cristo y quiere seguirlo y servirlo. Ahora tiene la naturaleza de Cristo en su interior, y “el que está en ustedes es más poderoso que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4).

Si usted es fiel en asistir a la iglesia, en la oración, la lectura bíblica y el testimonio, Dios obrará en usted y a través de usted. Usted podrá decir, como Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Verá que ocurren milagros alrededor de usted al disciplinar su vida según el patrón de un verdadero cristiano.

¿Está listo para encontrarse con Dios?
¿No le gustaría saber que todo pecado ha sido perdonado? ¿No le gustaría saber que usted está listo para encontrarse con Dios no importa lo que ocurra en esta era nuclear? Aquí, resumiendo, están los cinco pasos:

PRIMERO: Reconozca su necesidad.

SEGUNDO: Esté abierto a entender la cruz.

TERCERO: Considere el costo.

CUARTO: Dé un paso decisivo de compromiso con Jesucristo.

QUINTO: Permita que Dios cambie su vida.

¿Le ha pasado todo esto a usted? Si no, podría ocurrir hoy, si tan solo permite que Cristo entre en su corazón. Invítelo ahora mismo. La Biblia dice: “Todo el que invoque el nombre del Señor será salvo” (Romanos 10:13).

De no indicarse algo diferente, las citas bíblicas incluidas en este artículo son tomadas de la Santa Biblia, Nueva Versión Internacional (NVI) Copyright © 1999 Biblica. Las citas bíblicas marcadas como RV60 fueron tomadas de la Santa Biblia, Versión Reina-Valera 1960, Copyright © 1960 American Bible Society.

El misterio de la voluntad de Dios

voluntad

Por Billy Graham • April 27, 2012

El pecado ha cegado a los hombres y mujeres, así que la persona que no ha sido salvada ve la vida de acuerdo con una perspectiva falsa. Pero los cristianos que han nacido de nuevo ven la vida no como una masa indefinida, confusa y sin sentido, sino como algo planeado y con propósito. Sus ojos han sido abiertos a la verdad espiritual.

En su sermón inaugural en Nazaret, Cristo dijo que una de las razones por las que había venido a la tierra era “proclamar […] la recuperación de la vista a los ciegos” (Lucas 4:18, LBLA). El evangelio de Cristo nos ayuda a ver nuestra necesidad y nuestra impotencia, y luego nos muestra la gracia redentora que Dios ha puesto al alcance de todo hombre y mujer.

En la Biblia somos llamados “hijos de la luz y del día” (1 Tesalonicenses 5:5), porque Dios quiso compartir sus misterios y secretos con nosotros. Ya no estamos en tinieblas y sabemos de dónde vinimos, sabemos por qué estamos aquí y sabemos adónde vamos.

En Efesios 1:9-10 nos enteramos de uno de los misterios de Dios que Él ha revelado. “Él nos hizo conocer el misterio de su voluntad conforme al buen propósito que de antemano estableció en Cristo, para llevarlo a cabo cuando se cumpliera el tiempo: reunir en él todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra”.

Es la voluntad de Dios que en algún momento en el futuro, tal vez muy pronto, estemos todos juntos con Él.

¿Y cuál es la voluntad de Dios para nosotros hoy? A lo largo de las edades ha sido el deseo del corazón de hombres y mujeres devotos conocer y seguir la voluntad de Dios cada día. David dijo: “Enséñame a hacer tu voluntad” (Salmos 143:10).

¿Está usted dispuesto a hacer la voluntad de Dios?

Somos exhortados a buscar la voluntad del Señor. En Efesios 5:17 leemos: “Por tanto, no sean insensatos, sino entiendan cuál sea la voluntad del Señor”.

Conocer la voluntad de Dios es la sabiduría más elevada. Jesús dijo: “El que esté dispuesto a hacer la voluntad de Dios reconocerá si mi enseñanza proviene de Dios” (Juan 7:17).

Vivir en el centro de la voluntad de Dios elimina toda la falsedad de la religión y pone el sello de la verdadera sinceridad sobre nuestro servicio a Dios. Como dice la Biblia: “No lo hagan sólo cuando los estén mirando, como los que quieren ganarse el favor humano, sino como esclavos de Cristo, haciendo de todo corazón la voluntad de Dios” (Efesios 6:6).

Usted debería desear la voluntad de Dios para su vida más que nada en el mundo.

Usted puede tener paz en su corazón con pocas cosas si se encuentra en la voluntad de Dios; pero puede ser infeliz con muchas cosas si está fuera de su voluntad.

Usted puede tener gozo en la oscuridad si se encuentra en la voluntad de Dios, pero puede ser un desdichado con riquezas y fama si está fuera de su voluntad.

Usted puede ser feliz en el sufrimiento si se encuentra en la voluntad de Dios, pero puede tener agonía con buena salud si está fuera de su voluntad.

Usted puede estar contento en la pobreza si se encuentra en la voluntad de Dios; pero puede ser desdichado en la riqueza si está fuera de su voluntad.

Usted puede estar en calma y en paz en medio de la persecución, siempre que se encuentre en la voluntad de Dios; pero puede ser una persona infeliz y derrotada en medio de las aclamaciones si está fuera de su voluntad.

Toda la vida gira alrededor de esta bisagra divina: la voluntad de Dios. Así que es sumamente importante que descubramos su plan para nuestra vida.

Tenga una buena relación con Dios
La Biblia revela que Dios tiene un plan para cada vida, y que si vivimos en una comunión constante con Él, Él nos dirigirá y guiará en el cumplimiento de este plan.

Algunos de nosotros nos conformamos con mucho menos que lo mejor de Dios. Sin embargo, si usted ha sustituido lo mejor por lo bueno, no desespere. Donde se encuentre en este momento, entregue su vida incondicionalmente a Dios, y Él aún puede convertirla en algo bello que sea una honra para su nombre.

Tenga en mente que la voluntad de Dios es revelada solo a creyentes que han nacido de nuevo. La Biblia dice: “Sean transformados [ … ]. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta” (Romanos 12:2). Dios no revela su plan a través de adivinos, oráculos o magos. Su voluntad está reservada para quienes han confiado en Cristo para la salvación. Comparte sus secretos solo con los que han sido redimidos y transformados.

Usted no puede conocer la voluntad de Dios para su vida a menos que acuda primero a la cruz, confiese que es un pecador y reciba Cristo como Señor y Salvador. Si desea el plan perfecto que Dios tiene para su vida, tendrá que pasar por el Calvario para obtenerlo. Solo a través de Cristo podemos tener una buena relación con Dios y conocer su plan para nuestra vida.

La Biblia nos dice
¿Cómo nos revela Dios su plan?

Primero, la voluntad de Dios es revelada a través de la Biblia. Isaías dijo: “Consulten en el libro del Señor y lean” (Isaías 34:16).

Tal vez se pregunte lo que significa “Antiguo Testamento” y “Nuevo Testamento”. En un testamento, una persona expresa su voluntad. Un testamento es nulo e inválido si no está escrito. En el Nuevo Testamento tenemos un testamento de Dios por escrito. Ha perdurado durante siglos. Nunca ha sido revocado. Sigue siendo válido hoy.

1. Es la voluntad de Dios que vivamos por encima del pecado. “La voluntad de Dios es que sean santificados; que se aparten de la inmoralidad sexual; que cada uno aprenda a controlar su propio cuerpo de una manera santa y honrosa” (1 Tesalonicenses 4:3-4). No es la voluntad de Dios que los creyentes “se sometan nuevamente al yugo de esclavitud” (Gálatas 5:1). Si decimos que moramos en él, también debemos “vivir como él vivió” (1 Juan 2:6).

2. Es su voluntad que tengamos corazones agradecidos. “Den gracias a Dios en toda situación, porque esta es su voluntad para ustedes en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:18). ¡En una era de quejas, lamentos y murmuraciones, es muy fácil caer en un patrón de desagradecimiento! Dios desea que tengamos corazones agradecidos.

3. Es la voluntad de Dios que andemos rectamente. “Porque ésta es la voluntad de Dios: que, practicando el bien, hagan callar la ignorancia de los insensatos” (1 Pedro 2:15). El mundo no puede refutar a los que andan rectamente y “practican el bien” en el Señor. El mayor y más convincente argumento para la fe cristiana es una vida transformada.

4. Es la voluntad de Dios escuchar nuestras oraciones. “Ésta es la confianza que tenemos al acercarnos a Dios: que si pedimos conforme a su voluntad, él nos oye” (1 Juan 5:14).

5. Es la voluntad de Dios que los cristianos se amen. “Queridos hermanos, amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de él y lo conoce” (1 Juan 4:7). La mayor evidencia de que Cristo está morando en su corazón es que usted ame a los hijos de Dios. ¡Cuídese de involucrarse en polémicas, de enfrascarse en argumentos sectarios y discusiones infructíferas! Que el amor sea el principio que prevalezca en su vida. Esta es la voluntad de Dios.

6. No es la voluntad de Dios que alguno perezca. “El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan” (2 Pedro 3:9).

Si usted desea conocer la voluntad de Dios, aparte un tiempo especial cada día para leer la Biblia. Léala en actitud de oración, con regularidad, medite en ella y Dios lo guiará hacia su bendita voluntad.

¡Hay una guía!
Segundo, la voluntad de Dios es revelada a través del Espíritu Santo.

Cuando Cristo ascendió a la gloria, envió a la tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, para morar en el corazón de los discípulos. Jesús prometió: “Pero cuando venga el Espíritu de la verdad, él los guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta sino que dirá sólo lo que oiga y les anunciará las cosas por venir” (Juan 16:13).

El Espíritu Santo revela la voluntad de Dios a sus hijos que creen: “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Romanos 8:14). La iglesia primitiva dependía del Espíritu Santo para que les revelara la voluntad de Dios.

Por ejemplo, leemos afirmaciones como ésta: “Atravesaron la región de Frigia y Galacia, ya que el Espíritu Santo les había impedido que predicaran la palabra en la provincia de Asia. Cuando llegaron cerca de Misia, intentaron pasar a Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió” (Hechos 16:6-7).

Y, en Hechos 13:2, “el Espíritu Santo dijo: ‘Apártenme ahora a Bernabé y a Saulo para el trabajo al que los he llamado'”.

Tercero, la voluntad de Dios se revela a través de una conciencia transformada. “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados […]. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta” (Romanos 12:2).

Escuche a su conciencia
Cuando nos convertimos a Cristo, nuestra conciencia se hace sensible al Espíritu de Dios. Esto es lo que quiere significar la Biblia cuando dice: “Deben guardar, con una conciencia limpia, las grandes verdades de la fe” (1 Timoteo 3:9).

Cuando la conciencia está pervertida y cauterizada por el pecado, no es confiable. Pero cuando nacemos de Dios, nuestra conciencia pecaminosa es purificada; nuestros corazones pueden percibir entonces la voluntad de Dios.

Para la conciencia transformada, hay cosas que en su momento parecían correctas y ahora parecen incorrectas; hay cosas que parecían necias y ahora, sabias; y cosas que parecían aburridas ahora disfrutamos con el mayor deleite. Las “cosas viejas” pasarán, y “todas”—incluyendo la conciencia—serán “hechas nuevas” (2 Corintios 5:17 RV60).

Mientras que nuestra conciencia natural buscaba las cosas que nos gratificaban, nuestra conciencia redimida buscará las cosas que son agradables a Dios. Solo los que tienen una conciencia transformada pueden conocer el misterio de la voluntad de Dios.

Cuarto, la voluntad de Dios se revela a través de las circunstancias.

La Biblia dice: “Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito” (Romanos 8:28).

Dios tiene un plan para usted

Cuando era una joven cristiana, mi esposa Ruth quería ser misionera, como sus padres. Pero Dios tenía otros planes para su vida. Sirvió, sin embargo, como una especie de misionera, ministrando diariamente a su pequeña congregación de hijos mientras el padre de ellos iba a los confines de la tierra a predicar el evangelio. El cambio de las circunstancias reveló la voluntad de Dios para ella, y ha estado feliz donde Dios la colocó.

Muchos pedimos que Dios cambie las circunstancias de acuerdo con nuestros deseos, en vez de conformar nuestra voluntad a la suya.

Dios tiene un plan para la vida de cada cristiano. Cada circunstancia, cada giro del destino, es para el bien de usted. Obra conjuntamente para hacerlo completo a usted. El plan de Dios para usted está siendo perfeccionado. Todas las cosas obran juntas para el bien de usted y la gloria de Él.

No permita que las circunstancias lo aflijan. Más bien, busque que la voluntad de Dios para su vida se revele en y a través de esas circunstancias.

Quinto, la voluntad de Dios se revela a través de la oración.

La Biblia dice: “Y Dios, que examina los corazones, sabe cuál es la intención del Espíritu, porque el Espíritu intercede por los creyentes conforme a la voluntad de Dios” (Romanos 8:27).

Discierna en oración
La oración nos coloca en la actitud correcta para discernir la voluntad de Dios. Jesús obtuvo su mayor triunfo en el solitario Getsemaní cuando oró: “No se cumpla mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

“Satanás tiembla cuando ve al santo más débil de rodillas”. Si el enemigo de las almas puede evitar que nos arrodillemos, ha obtenido una importante victoria.

Lo animo a apartar un tiempo con Dios en oración cada día. Es allí, en ese lugar silencioso, lejos del ruido y la confusión del mundo, donde Dios hace conocer su voluntad.

Y ahora una palabra para usted, si está fuera de la voluntad de Dios: usted fue hecho para tener comunión con Dios. Dios ha producido un plan fabuloso para su vida, y está esperando pacientemente ponerlo por obra.

Tal vez usted ya haya experimentado pena y desilusión en la búsqueda de sus propios planes egoístas para su vida. Sus castillos de arena se han derrumbado antes sus ojos, sus esperanzas han sido destruidas, sus sueños no se han materializado. La vida es así cuando uno está fuera de la voluntad de Dios.

El deseo de Dios es “que nadie perezca”, y “que todos se arrepientan”. No es su voluntad que usted sufra derrota tras derrota. No es voluntad de Él que usted viva bajo el peso aplastante de la culpa. Cristo está parado a su puerta hoy, invitándolo: “Vengan a mí […], y yo les daré descanso” (Mateo 11:28). ¿No quiere abrir la puerta para dejarlo entrar?

“Tal como lo planeé”
Se cuenta la historia del hombre que diseñó y planificó el Puente de Brooklyn. Al comenzar la construcción, se enfermó y tuvo que guardar cama varios meses. Solo cuando el puente fue terminado pudo ser llevado en una camilla para verlo. Lo inspeccionó de punta a punta, y luego exclamó con gran alegría: “Exactamente de acuerdo con el plan. ¡Tal como lo planeé!”.

Un día nos presentaremos frente a Dios. Él inspeccionará su obra. ¿Le dirá: “Exactamente de acuerdo con el plan”? Los planes para su vida fueron preparados en el cielo antes que naciera. Dios dijo de usted: “Si esta persona cede su voluntad ante mí en cada vuelta del camino a lo largo de la vida, no solo encontrará el mayor gozo y satisfacción en la vida, sino que todo el universo a lo largo de la eternidad se maravillará de la obra de Dios”.

Reciba a Jesucristo como su Salvador y Señor hoy. Deje que Él gobierne su corazón. “Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios” (Juan 1:12).

De no indicarse algo diferente, las citas bíblicas incluidas en este artículo son tomadas de la Santa Biblia,Nueva Versión Internacional (NVI) Copyright © 1999 Biblica. Las citas bíblicas marcadas como RV60 fueron tomadas de la Santa Biblia, Versión Reina-Valera 1960, Copyright © 1960 American Bible Society. Las citas marcadas como LBLA fueron tomadas de LA BIBLIA DE LAS AMÉRICAS, © 1986, 1995, 1997 by The Lockman Foundation

 

La Victoria es Nuestra

victoria

Por Billy Graham • June 1, 2011

Nuestro mayor enemigo es la muerte. La muerte implica cierto temor. La Biblia dice que “el aguijón de la muerte es el pecado,” y desde el día en que la primera pareja puso a su hijo en una tumba, la gente ha temido a la muerte. Es el gran monstruo misterioso cuyos largos dedos helados hacen que muchos se estremezcan aterrorizados.

El testimonio unánime de la historia es que la muerte es inevitable. Las generaciones van y vienen, y cada generación ha puesto sus muertos en la tumba.

La Biblia siempre relaciona la muerte con el pecado. La Biblia dice que “como el pecado entró en el undo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.”

Estamos procurando mejorar la vida mediante fórmulas químicas en los laboratorios científicados de todo el mundo. Pero hasta que la cienca no pueda encontrar una solución para el problema de la muerte. Aun si los ceintíficos descubrieran un secreto que prolongara la vida terrenal, al mismo tiempo sólo tendrían éxito en extender nuestro tiempo de tristeza y aflicción.

Cientos de filósofos de todas las épocas han procurado escudriñar más allá del velo de la muerte. Sus especulaciones llenan volúmenes con respecto a las posibilidades de vida más allá de la tumba.

La muerte ronda entre los ricos y los pobres, los instruidos y los ignorantes. La muerte no hace distinción de raza, color ni credo. Sus sombras nos acechan día y noche. Nunca sabemos cuándo llegará el momento temido.

Procuramos disimular el desastre sacando un seguro de vida, y hemos inventado otros mecanismos para haver más cómodos nuestros últimos días; pero siempre está presente la dura realidad de la muerte.

Muchos se preguntan: ¿Hay alguna esperanza? ¿Hay alguna puerta de escape? ¿Hay una posibilidad de la inmortalidad?

No voy a llevarlo a usted a un laboratorio científico, ni al aula de un filósofo ni a la oficina de un psicólogo. En su lugar, voy a llevarlo a la tumba vacía de José de Arimatea. María, María Magdalena y Salomé habían ido a la tumba para ungir el cuerpo del Cristo crucificado. Ellas se habían sorprendido al ver la tumba vacía. Un ángel se puso a un lado del sepulcro y les dijo: “Buscáis a Jesús nazareno.” Luego añadió: “Ha resucitado, no está aqui.”

Esa fue la mayor noticia que el mundo haya oído jamás. ¡Jesucristo había resucitado de los muertos, como lo había prometido!

La resurrección de Jesucristo es la verdad primordial de la fe cristiana. Ella descansa en la raíz misma del evangelio. Sin una fe en la resurrección no puede haber salvación personal. La Biblia dice: “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.” Tenemos que creer esto, o nunca podremos ser salvos.

Para muchas personas la resurreccíon ha llegado a ser poco más que un consolador símbolo de la inmortalidad del alma. Pero la resurrección abarca mucho más que la perpetuidad de la vida. Creer en la inmortalidad por sí misma pudiera ser algo trágico y horrible. La Biblia enseña que esa creencia debe ir acompañada de una segura convicción de que Dios garantiza una existencia eterna en su presencia gloriosa, a través de un conocimiento personal de su Hijo.

Comenzamos con el hecho de que al tercer día Jesucristo había resucitado de los muertos, salió de la tumba y apareció a los desanimados y asombrados discípulos que habían perdido toda esperanza de volver a verlo. Sin nuestra aceptación de la realidad de la resurrección, esa celebración no es más que una ilusión. Como escribió el apóstol Pablo hace ya mucho tiempo: “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra pedicación, vana es también nuestra fe.”

Cuando se contempla la resurrección de Cristo como un hech histórico, el Domingo de Resurrección se convierte en el día de días y se debe reconocer y celebrar como la mayor victoria de todos los tiempos.

La resurrección fue, en un sentido, una victoria suprema para la raza humana. Fue una victoria sobre la muerte: “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho.” Su resurrección de los muertos es la garantía que también para nosotros la tumba ha sido abierta y que seremos también resucitados: “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.”

La resurrección fue también una victoria sobre el pecado: “La paga del pecado es muerte.” El pecado de Adán en el huerto del Edén tuvo como resultado la culpa, la condenación y la separación de la presencia de Dios. Sin embargo, allí también se dio la gloriosa promesa de que aparecería la simiente de la mujer, y que Dios pondría enemistad entre su simiente (Cristo) y la serpiente (Satanás).

En el conflicto resultante, la simiente de la mujer sería herida en el calcañar, pero a cambio heriría la cabeza de la serpiente, infligiéndole una herida mortal. Esto due realizado y manifestado abiertamente en la resurreción de Cristo.

La resurrección también no da victoria sobre las dudas. Parece que hay miles de cristianos esclavos de las dudas. No quiero decir que tales persona dudan de la existencia de Dios o de las verdades de la Biblia. Podemos aceptar todo eso mientras seguimos dudando en nuestra relación personal con el Dios en quien profesamos creer. Algunas personas tienen dudas en en cuanto al perdón de sus pecados, otras dudan de su esperanza de ir al cielo, y aun otras desconfían de su propia experiencia interior.

Durante su ministerio terrenal Jesús hizo una serie de asombrosas afirmaciones y promesas a sus seguidores, que deben de haberles parecido increíbles mientras El estaba en la tumba. Jesús le había dicho: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” Y El le declaró a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida … todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.” Pero ahora el que había hecho esas promesas estaba muerto, y la tumba estaba cerrada sobre aquel que había prometido vida eterna a todos los que creyeran en El. Si El no hubiera resucitado, tendríamos suficientes motivos para dudar de la validez de sus promesas.

Pero cuando salió de la tumba, todas sus promesas y sus palabras salieron con El y hoy viven con gloriosa vitalidad, poder y autoridad.

La resurrección es también la garantía de la victoria sobre nuestros temores. Los temores son estrechos aliados de las dudas. El presidente de la facultad de historia de una de nuestras grandes universidades una vez me expresó esta opinión: “Nos hemos convertido en una nación de cobardes.” No acepté su declaración, pero él arguyó que muchas personas se han mostrado renuentes a seguir in curso so no se trata de algo popular. Incluso si estamos convencidos de que algo es correcto, procuramos no comprometernos porque tenemos temor. Si nos favorecen las probabilidades, nos ponemos de su parte; pero si implica algún riesgo el defender lo que es correcto, procuramos ponernos a salvo.

Usted que teme a la muerte, a perder la salud o a perder los amigos, examine las palabras de Pablo: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” Dios nos ha dado una esperanza viva mediante la resurrección de Jesucristo de los muertos. Este y otros pasajes similares señalan el hecho de que ningún cristiano tiene razón alguna ante los ojos de la voluntad de Dios: “Si Dios es por nosotros, ¿quien contra nosotros?”

El poder del Espíritu Santo levantó el cuerpo de Cristo de entre los muertos. Ese mismo Espíritu Santo, ahora obrando en nosotros, puede liberarnos de los poderes de la ansiedad y del temor, y hacer que nos regocijemos en la esperanza segura y gloriosa que El ha preparado para nosotros.

La resurrección garantiza la victoria en nuestra vida diaria. La victoria que Cristo ganó para nosotros cuando resucitó de la tumba puede verse en nuestra vida cada día. Puede ser manifestado en nosotros y por medio de nosotros en todo lugar y en toda circunstancia su poder resucitador para la gloria de Dios.

Podemos estar conscientes cada día de su victorioso poder obrando en nosotros, por nosotros y por medio de de nosotros para su gloria. Podemos exclamar como el apóstol Pablo: “Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.”

Dios No Ha Cambiado

cambiado

Por Billy Graham • June 1, 2011

Crisis es una palabra trillada. Significa cambio, transición. El diccionario dice que significa un cambio decisivo.

Pero con todos los cambios que están teniendo lugar en nuestro, algunas cosas no has cambiado. Algunas siguen todavía igual. La Biblia dice: “Y esta frase: Aún una vez, indica la remoción de las cosas movibles, como cosas hechas, para que queden las inconmovibles.”

Tengo eso en cuenta en cada país que visitamos, y hasta ahora hemos estado en más de ochenta países [redicando el evangelio. Cada vez que me levanto a predicar el evangelio, sé que ciertas cosas no han cambiado.

En primer lugar, no ha cambiado la naturaleza de Dios. Dios todovía es soberano. El diablo sólo puede hacer lo que Dios le permite. Hay un misterio de desobediencia, un misterio de iniquidad que no comprendemos totalente y que no entenderemos plenamente hasta que estaos delante de Dios. El dijo: “Porque yo Jehová no cambio.” La Biblia dice: “Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que [cambie].” No hay “mudanza, ni sombra de variación” en Dios, dijo Santiago.

Dios es inmutable en su santidad y en su exigencia de santidad e integridad en nuestra vida. “Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que es, y el que ha de venir.”

Dios es inmutable en el juicio. El Señor juzgará toda la tierra. “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera deonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí , hacedores de maldad.”

Dios lee el corazón. Jesús dijo: “Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablan los hombres de ella darán cuenta en el día deljuicio.” Considere eso.

Dios es inmutable en su amor. “Mas Dios muestra su amor paracon nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”

Piense en eso. Cristo murió por nosotros mientras éramos pecadores: “Al que no conoció pecado, pornosotros lo hizo pecado.”

Dios es amor; El es inmutable en su amor. Dios dio a su Hijo por nosotros en la cruz y lo resucitó de entre los muertos.

En segundo lugar, no sólo no hacambiado la naturaleza de Dios, sino que no ha cambiado la Palabra de Dios. En los primeros años de mi vida tuve algunas dudas sobre la Palabra, pero una noche de 1949 me arrodillé ante un tocón en los bosques cercanos a Forest Home, California, Estados Unidos. Abrí mi Biblia y dije: Oh Dios, hay muchas cosas en este libro que no entiendo, pero lo acepto esiante la fe como ti Palavra infalible desde Génesis hasta Apocalipsis.” Resolví eso, y desde aquel momento en adelante no he tenido nunca ni una sola duda de que esta es la Palabra de Dios. Así que cuando cito la Biblia, cuando la predico, sé qué estoy predicando la verdad de Dios.

Eso le da autoridad al ministerio de uno. No está badaso en lo que alguien dice sobre la Biblia. No está basado en alugún libro que yo haya leído. Está basado en la fe en Dios. Nadie puede cambiar eso.

En tercer lugar, la naturaleza humana no ha cambiado. Jeremías dijo: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”

La gente trata de descubrir qué para con la raza humana. ¿Qué para con las pandillas de algunas de nuestras ciudades? ¿Qué provoca todos los asesinatos, todos los suicidios y todas las demás cosas terribles de las uqe leemos todos los días en los periódicos?

El corazón del hombre es hoy como siempre ha sido. El hombre está en rebelión contra Dios y tiene una enferedad llamada pecado. El pecado está en todos nosotros.

Recuerdo una vez que estaba predicando en Africa a un grupito de una tribu. Se e dijo que esa tribu no había oído mucho del evangelio, y quise presentar un sencillo mensaje evangélico. Así que prediqué sobre Juan 3:16 de la manera más simple que pude. Tratando de explicar Juan 3:16, empleé todas las ilustraciones en las que pude pensar que harían más claro el mensaje. Varias personas manifestaron que querían recibir a Cristo.

El domingo siguiente iba a predicar en la iglesia parroquial de Great St. Mary en la Universidad de Cambridge en Inglaterra, y pensé: “Voy a hacer una prueba. Voy a predicar en Cambridge el mismo sermón sencillo que prediqué a la tribu africana.” Y así lo hice. Ese doingo muchos de los estudiantes llegaron a conocer a Cristo como Señor y Salvador. Era una simple exposición sobre Juan 3:!6. Sí, el corazón humano es igual en todas partes.

En cuarto lugar, el método de salvación no ha cambiado. El mismo mensaje que siempre ha transformado vidas transforma las vidas hoy. Leemos en Hechos 4:12: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombre, en que podaos ser salvos.” No hay otro nombre.

“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” Ese versículo fue una piedra de tropiezo para mí por mucho tiempo. Pensé que en él alguien estaba diciendo: “Yo soy la personificación de toda verdad: ;a verdad científica, la verdad teológica y la verdad filosófica.” Mediante la fe acepté que El es lo que dice ser: el Camino, la Verdad y la Vida. Y nadie puede ir al Padres si no es por edio de Jesucristo.

Quizás usted tenga un pecado que necesita confesar. Tal vez necesita recibar a Jesucristo en su corazón como su Señor y Salvador. Pudiera ser que necesite estar dispuesto a renunciar a algo que Dios ha señalado y sobre el que ha dicho: “Si quieres tener plena comunión conmigo, eso tiene que desaparecer.”

¡Dios no ha cambiado!

“La voz del cual conmovió entonces la tierra, pero ahora ha prometido, diciendo: Aún ina vez, y conmoveré no solamente la tierra, sino también el cieló.

“Y esta frase: Aún una vez, indica la remoción de las cosas movibles, como cosas hechas, para que queden las inconmovibles.

“Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia;

“porque nuestro Dios es fuego consumidor.”

¡Dios no ha cambiado!

 

Fuente: Aurora Digital

Pacifico Comunicaciones.

Victor Villasante

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