Septiembre 28, 2021
» En aras de Tzión no me callaré, y en aras de Yerushalaim no me quedaré quieto, hasta que su rectitud surja como resplandor y su salvación arda como antorcha.» Isaías 62-1.
Shemá Israel, inscripción hebrea que figura en la Menorá de la Knéset en Jerusalén. Obra de Benno Elkan, realizada en 1956. – Foto: Wikipedia – CC BY-SA 3.0 Dr. Natalio Daitch
El triángulo de acero.
Qué duda cabe, que nuestros sabios dictaminaron que la Torá, el pueblo judío, y la tierra de Israel, constituyen un triángulo de fuego. Y son justamente estos tres elementos que nos permiten operar en cualquier lugar del orbe. Sea el iehudí que se encuentra parado en Yerushalaim frente al kotel, como aquel otro que, batalla las cientos y miles de batallas que cualquier hebreo debe batallar a diario y constantemente a los fines de cuidar el idishkait o judaísmo. en cualquier lugar del planeta.

Diferentes órganos del mismo cuerpo.
Sea un soldado de las FDI, que arriesga su vida para proteger la Tierra de Israel o sus habitantes, un colono que se asienta en la Tierra disputada y planta bandera. Un israelí común que trabaja y vive en Israel. Un rabino que funda una yeshivá (escuela rabínica), sea en la propia Tierra Santa o en la diáspora y que insufla vida judía y motoriza a muchos niños y jóvenes en el camino de la Torá. Aquellos judíos que hoy en Israel se preparan para respetar la Shemitá o año del descanso de la tierra.
Una madre que trae hijos al mundo, un judío diaspórico que ayuda a mantener colegios, y cementerios (Jesed shel Emet o bondad verdadera para con los difuntos). O aquellos piadosos que logran reunir fondos para construir Mikves o baños rituales. Aquellos que trabajan por el kosher accesible a todo el kahal o congregación. Los concurrentes diarios a Templos que ayudan a mantener el minián o quorum necesario para poder oficiar todos los días comunes, sábados y festividades. Los dirigentes de verdad, que abandonan su comodidad, y aún a riesgo de su seguridad, activan y conducen instituciones comunitarias trabajando para perpetuar la vida judía y un judaísmo sustentable. Todos ellos, y muchos otros que sería extenso mencionar, todos ellos merecen ser llamados por» el amor de Tzión».

Días de Teshuvá. Final.
Transitamos los 10 días que median entre Rosh Hashaná y Iom Kipur, los días de arrepentimiento. Y el desafío es enorme, para cada iehudí, ya que en kipur se perdonan los pecados entre el hombre y D’os pero no entre el hombre y su prójimo.
Todas aquellas faltas, como ofensas o daños que hemos ocasionado, nos desafían a poder tomar la iniciativa y pedir perdón por aquello que hicimos por imprudencia, o inexperiencia, o por impulsividad, o por soberbia, o debido a cualquier yerro o enfoque que a nuestro parecer justificado o no, nos ha hecho tomar distancia de nuestro prójimo. No podemos amar la Torá o a Israel si no amamos a los judíos nuestros hermanos, siendo este el desafío final.
Como afirman nuestros sabios, si Sion fue destruida por odio gratuito, la corrección solo puede provenir de brindar amor gratuito. Pero amar a nuestros semejantes, no siempre es una tarea fácil, pero se trata del último muro que debemos salvar (saltar y derrumbar) si queremos ver como dice el versículo del profeta: » que su salvación arda como una antorcha».

Puede que después de todo no sea tan difícil, tender una mano a quién nunca nos saluda o voltea su cara, o desear un buen año a aquel familiar que nos pone distancia. O acercarnos (a saludar) en shalom a quienes pudimos haber lastimado o de quienes creemos tener derecho a estar enojados por alguna afrenta del pasado. O acercarnos a aquel judío que por alguna razón hemos esquivado e ignorado y obviado (evitado) o menospreciado.
En definitiva, la vida es corta, el tiempo urge, y solo la reunión y el acercamiento de los hermanos traerá la verdadera redención. Es mi deseo que el sonido del Shofar al final del día del perdón termine de despertar nuestros corazones para siempre. Y que sea entonces, que podamos ver la venida del meshíaj hijo de David en nuestros días. Y esto de lugar a la cesación de todos nuestros pesares y angustias. La reconstrucción del Beit Hamikdash en nuestros días y la redención definitiva de Israel y de la humanidad toda. Amén.
Pacífico Comunicaciones
Victor Villasante
#Días de Arrepentimiento, #Iom Kipur, #Rosh Hashaná, #Torá

Parashat Shemini

Abril 10, 2021
Foto: Wikipedia - Dominio Público
Por Rabino Yerahmiel Barylka
"Nadav y Avihú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, pusieron fuego en ellos y, tras echar incienso encima, ofrecieron ante .A. un fuego profano, que él no les había mandado " (Vayikrá 10:1)

El peligro de romper las barreras
Recuerdo las lágrimas que mi padre z"l derramaba cada vez que se leía esta Parashá. Decía que al lamentar el sufrimiento del padre que queda destrozado cuando la sucesión natural se interrumpe y los hijos mueren en vida de los padres, rogaba que su muerte sea anterior a la de sus hijos, ya que no hubiera podido soportar tanto dolor. Recordaba que Aarón reacciona con el silencio "vaidom Aarón" -Aarón no dijo nada, quedó mudo, paralizado, no tuvo ni lágrimas ni palabras-. Tan grande fue su dolor que la única expresión que le quedaba era sumirse en el profundo pozo del mutismo. Es inevitable preguntarnos una y otra vez, cada vez que leemos la trágica muerte de los hijos de Aarón, qué fue lo que hicieron. ¿En qué consistió su error para merecer semejante fin? ¿Cómo podemos concebir que estos dos jóvenes criados bajo la égida, la tutela, y el resguardo de la familia más importante de su tiempo hayan ofrecido un fuego profano?
Como suele suceder nuestros exégetas no se ponen de acuerdo acerca de la causa de su muerte.
Naftali Zvi Yehuda Berlin (1816 - 1893), también conocido como Reb Hirsch Leib Berlin, y por el acrónimo de su nombre, el Netziv, de la famosa Yeshivá de Wolozin, ofrece una profunda explicación del comentario de Torat Cohanim –el libro Vayikrá-, en su comentario Haamek Davar.
El Netziv escribe que Moshé describe una inclinación pecaminosa específica y discreta, que se disimula de ambición espiritual altruista. Según el Netziv, Moshé advierte a la gente de los peligros del celo y la pasión espirituales desenfrenados, la creencia de que tal entusiasmo le permite a uno romper las barreras halájicas y hacer lo que quiera en nombre de Avodat Hashem, el servicio divino. El deseo de servir a Dios en formas que Él no ordenó y que Él no aprueba, por sincero y genuino que se sienta, es una manifestación del yetzer hará es un impulso pecaminoso y especialmente peligroso, ya que está envuelto en un barniz de altruismo.
También en nuestros días las conductas ritualistas, con nuevas ceremonias y ritos, el tzadikismo no coherente con la justicia, o el pietismo exagerado deben ser vistos como una señal de peligro no solamente para quienes lo practican sino para las personas de buena fe que desean elevarse y creen sinceramente en esos caracteres externos, que a diferencia de lo que se propusieron los hijos de Aarón no necesariamente son coherentes con el sentimiento.
Como los hijos de Israel ahora completaban el proceso de construcción e inauguración del Mishcán, un proceso al que abordaron con notable fervor y entusiasmo, y ahora anticipaban ansiosamente la vista de la Shejiná - la presencia mundana de Dios concebida a veces como una luz divina- descendiendo hacia el Mishcán, también en nuestros días debemos ser advertidos: “Este es el cosa que el Señor ha mandado hacer”.
Necesitamos que se nos recuerde que el entusiasmo y fervor no debían llevarlos a ir más allá de los límites que Dios había prescrito, que su celo y entusiasmo debían canalizarse específicamente en la dirección que Él les había trazado, en estricto cumplimiento de sus leyes, instrucciones y normas. Cuando nos invitan a meditar en letras y a desentrañar el significado de sus combinaciones mágicas capaces de curar toda enfermedad, y caemos en la trampa y no nos vacunamos a tiempo para impedir el contagio propio y la transmisión a otros de pestes y enfermedades o nos llenamos de culpa por no haber seguido el consejo de esos santones, corremos el riesgo de morir y de matar.
Según el Netziv, nuestros sabios interpretaron este versículo como un trágico presagio del evento que se relató más tarde: la muerte de Nadav y Avihú.
Después de presenciar el espectáculo dramático de un fuego celestial descendiendo para consumir los sacrificios en el altar, lo que significa la llegada de la Shejiná, Nadav y Avihú, dos de los cohanim recién consagrados, decidieron traer una ofrenda de incienso que Dios no había ordenado. Murieron instantáneamente por el fuego por esta violación del estricto código legal del Mishcán.
De todas las explicaciones, la del Netziv me parece una de las más probables: Los hijos de Aarón, fueron vencidos por el celo y la pasión religiosos, y anhelaron acercarse a Dios a través de su propia ofrenda personal.
Su pecado es precisamente el tipo de error al que se refiere Moshé en su anuncio: "Esto es lo que el Señor ha mandado hacer". El sentimiento religioso sincero no justifica las acciones que Dios prohíbe.
El fervor espiritual legítimo y genuino debe canalizarse hacia la dirección que nos muestra la Halajá, y no proporciona motivos para eludir los requisitos y restricciones halájicos. Todo aquello que no surge de esa fuente puede ser extremadamente peligroso y lo mejor es estudiar y encontrar las maneras de alejarnos de ese tipo de pasión, por más intensa que parezca.

Pacífico Comunicaciones
Victor Villasante
Parashat Itró - Rab Jonathan Sacks
La revelación en el Monte Sinaí - el tema central, no solo de la parashá de Itró sino del judaísmo en su totalidad - fue única en la historia religiosa de la humanidad. Otras fes (el cristianismo y el islam) se llaman a sí mismas religiones de revelación, pero en ambos casos la revelación a la que se refieren es a la de un individuo (“el hijo de Dios, “el profeta de Dios”). Solo en el judaísmo la autoproclamación de Dios fue dirigida no a un individuo (un profeta) o a un grupo (los ancianos) sino a una nación entera, jóvenes y ancianos, hombres, mujeres y niños, tanto los virtuosos como los aún-no-virtuosos. Desde el comienzo el pueblo de Israel supo que algo sin precedentes estaba ocurriendo en el Monte Sinaí. Moisés no tuvo dudas de que se trataba de un evento sin igual.
“Pregunta ahora sobre las épocas de antaño, mucho antes de tu tiempo, desde el día que Dios creó al hombre sobre la tierra; pregunta desde un extremo de la tierra hasta el otro. ¿Ha ocurrido algo más grande que este evento o se ha escuchado alguna vez algo semejante? ¿Ha habido algún otro pueblo que haya escuchado la voz de Dios hablando desde el fuego como lo han hecho ustedes, y que haya sobrevivido?” (Deuteronomio 4: 32-33)
Para los grandes pensadores de la Edad Media, la significación era primordialmente epistemológica. Creaba certezas y eliminaba dudas. La autenticidad de una revelación experimentada por una sola persona podía ser cuestionada. La vivida por millones de personas, no. Dios evidenció Su presencia en público para evitar cualquier sospecha de que la presencia sentida, y la voz escuchada, no fueran genuinas.
Contemplando la historia de la humanidad desde esos días, está claro que además había otra significación - que no tenía que ver con el conocimiento religioso sino con el político. En el Sinaí se estaba formando un nuevo tipo de nación y una nueva forma de sociedad - que sería la antítesis de la de Egipto, donde pocos ostentaban el poder y la mayoría eran esclavos. Sería, en palabras de Abraham Lincoln en el Discurso de Gettysburg, “una nueva nación, concebida en Libertad, y dedicada a la propuesta de que todos los hombres son creados iguales.” En efecto, sin el pacto del Monte Sinaí serían inconcebibles las palabras de Lincoln. En ningún otro lado encontramos nada parecido a la política del Monte Sinaí, con su visión radical de una sociedad ligada no por el poder, sino por el libre consentimiento de sus ciudadanos de ser ligados en forma individual y colectiva, por un código moral y un pacto con Dios. (1)
Los trabajos clásicos de la historia de la política de la libertad van retrospectivamente desde Marx, Rousseau y Hobbes, a la República de Platón, la Política de Aristóteles, y las ciudades griegas (particularmente Atenas) del siglo V A.E.C. Esto es un grave error. Ciertamente, palabras como “democracia” (el gobierno del pueblo) son de origen griego. Los griegos brillaron por sus sustantivos abstractos y su pensamiento sistemático. Sin embargo, si observamos el “nacimiento de la modernidad” - con figuras como Milton, Hobbes y Locke en Inglaterra, y los padres fundadores de Estados Unidos - dialogaban más con la Biblia hebrea que con Platón o Aristóteles. Hobbes la cita 657 veces solo en el Leviatán. Mucho antes que los filósofos griegos, y mucho más profundamente, nació en el Sinaí el concepto de la sociedad libre.
Tres factores acerca de ese momento resultaron cruciales. El primero fue que mucho antes de entrar en la tierra y adquirir su propio sistema de gobierno (primero por los jueces y luego los reyes) habían entrado en un pacto abarcador con Dios. Ese pacto (Brit Sinai) fijó límites morales al ejercicio del poder. El código que hoy llamamos Torá estableció por primera vez la primacía del derecho sobre la fuerza. Cualquier rey que obrara en forma contraria a la Torá estaría actuando ultra vires (fuera de la autoridad legítima) y podía ser cuestionado. Este es el hecho singular más importante acerca de la política bíblica.
La democracia según el modelo griego siempre tuvo una falla letal. Alexis de Tocqueville y John Stuart Mill la llamaron “la tiranía de la mayoría.” (2) J.L.Talmon la llamó la “democracia totalitaria”. (3) El gobierno de la mayoría no garantiza los derechos de las minorías. Como señaló con justicia Lord Acton, fue eso lo que causó la caída de Atenas. “No había ley superior a la del estado. El legislador estaba más allá de la ley.” (4) En el judaísmo por el contrario, los profetas fueron enviados para desafiar la autoridad del rey si éste no actuaba dentro de los términos fijados por la Torá. El ejemplo clásico es la acusación que Dios le ordena a Elijah a que se pronuncie en contra del rey Ahab por apoderarse del viñedo de Naboth. “Así, dice el Señor: ¿Serías capaz de asesinar para tomar posesión?” (Reyes 21:19)
Los individuos tienen el poder de desobedecer órdenes ilegales o inmorales. El primer ejemplo fue el de las parteras judías que “temieron a Dios y no hicieron lo que el rey egipcio les había ordenado.” (Ex. 1: 17) Otro momento clave fue cuando el rey Saúl ordenó a sus servidores matar a los sacerdotes de Nob, que habían dado refugio a David. “Pero los servidores del rey no alzarían la mano para castigar a los sacerdotes del Señor”. (Samuel 22: 17) (5) Fue esta la tradición que Calvino - inspirado en los radicales puritanos del siglo XVII de Inglaterra y Norteamérica - tomó cuando dijo que “profetas y maestros pueden tener el coraje de plantarse valientemente contra reyes y naciones.” (6) Fue en esta misma tradición que Thomas Paine basó su panfleto Common Sense (Sentido Común) (1776) ampliamente acreditado de ser el factor que condujo a la revolución norteamericana. (7) Históricamente, fue el pacto del Monte Sinaí y todo lo que derivó de él, y no la tradición política griega, lo que inspiró el nacimiento de la libertad en Inglaterra y Norteamérica, los primeros pueblos que se encaminaron hacia la edad moderna.
El segundo elemento clave está en el prólogo al pacto.
Dios le dice a Moisés:
“Esto es lo que dirás a la casa de Yaakov y al pueblo de Israel: ‘Ustedes mismos han visto lo que Yo hice en Egipto y como los llevé sobre alas de águila y los traje hacia Mí. Si ustedes me obedecen plenamente y guardan Mi pacto, ustedes serán Mi posesión atesorada, pues toda la Tierra es Mía. Ustedes serán para Mí un reino de sacerdotes y nación sagrada’” (Ex. 19: 3-6)
Moisés le dice esto al pueblo, que le responde: “Haremos todo lo que el Señor dice” (Ex. 19: 8) Hasta que el pueblo no confirmó su consentimiento, la revelación no pudo continuar. El principio en juego era que no había gobierno legítimo que no tuviera el consenso de los gobernados. (8) aun si el gobernador fuera el Creador del cielo y de la tierra. Conozco pocas ideas más radicales que esta.
Es cierto que hubo sabios de la época talmúdica que cuestionaron el concepto de que el pacto del Sinaí era totalmente libre. Hay una famosa declaración del Talmud que dice:
“Y estaban parados bajo (normalmente traducido “al pie”) de la montaña” (Ex. 19: 17) - lo cual nos enseña que el Santo, Bendito Sea, dio vuelta la montaña por encima de ellos como un casco y les dijo: “Si ustedes aceptan la Torá, bien. Si no, éste será vuestro lugar de entierro.” (9)
A lo que se referían los sabios en esta instancia era la pregunta de si los israelitas verdaderamente tenían una libre elección en el Sinaí. No habían entrado a la tierra prometida. Dependían de Dios para el alimento, el agua y la protección. ¿Dónde podían ir y a quién podrían dirigirse si le decían que no a Dios?
El Talmud dice que “De cualquier forma, lo volvieron a aceptar durante el reinado de Ajashverosh, (10) o sea, en el tiempo que describe el Libro de Ester - uno de los dos únicos libros de la Biblia en que no se menciona el nombre de Dios. (11) En ese contexto, no habría dudas acerca de la cuestión de la coerción divina. Sin embargo, en el nivel más elemental, este es el significado de las dos ceremonias de renovación del pacto, una al final de la vida de Moisés, cuando los israelitas están por entrar en la tierra, (Deut. 29-31) y la otra al final de la vida de Joshua, cuando el pueblo había conquistado la tierra (Joshua 24). El pacto fue renovado precisamente para que nadie pudiera decir que habían entrado coercitivamente cuando no había otra alternativa.
En el corazón del judaísmo está la idea - mucho más avanzada para su tiempo, aunque no siempre reconocida - de que el Dios libre desea el culto libre de seres humanos libres. Dios, dijeron los rabinos, no actúa tiránicamente con Sus criaturas. (12)
El tercero, igualmente avanzado para la época era que los socios del pacto debían ser “todos los integrantes del pueblo” - hombres, mujeres y niños. Este hecho se enfatiza más adelante en la Torá en la mitzvá de Hak-hel, la ceremonia de renovación del pacto cada siete años. La Torá expresa específicamente que todo el pueblo debe estar reunido para esta ceremonia, “hombres, mujeres y niños” (Deut. 31: 10-13). Mil años más tarde, cuando Atenas experimentaba la democracia, solo una sección limitada de la sociedad tenía derechos políticos. Las mujeres, niños, esclavos y extranjeros estaban excluidos. En muchos aspectos esto era cierto hasta muy recientemente. En Inglaterra, las mujeres no tuvieron derecho al voto hasta 1918. En Estados Unidos el sufragio femenino recién se completó en 1920, aunque en algunos estados ocurrió con anterioridad.
De acuerdo con los sabios, cuando Dios nos estaba por entregar la Torá en el Sinaí le dijo a Moisés que consultara primero con las mujeres y recién después con los hombres. Este es el sentido del versículo “Esto es lo que le dirás a la casa de Yaakov y dirás al pueblo de Israel” (Ex. 19: 3) La casa de Yaakov, nos dicen los sabios, se refiere a las mujeres. (13) La Torá, la “constitución de la libertad” de Israel, incluye a todos. Fue el primer momento, en miles de años, en que la ciudadanía era concebida como universal.
Quizás el testimonio más grande acerca de la Biblia hebrea fue dado por Jean Jacques Rousseau en un manuscrito no publicado y descubierto después de su muerte:
Los judíos nos proveen de un espectáculo sorprendente: las leyes de Numa, Licurgo y Solón están muertas, y las mucho más antiguas leyes de Moisés, aún viven. Atenas, Roma y Esparta han fallecido y ya no tienen hijos sobre la tierra. Sión, destruida, no ha perdido a sus hijos… ¿Cuál será la fortaleza de una legislación capaz de lograr esas maravillas, capaz de resistir conquistas, dispersiones, revoluciones, exilios, capaz de sobrevivir a las costumbres, leyes, imperios de todas las naciones...y de durar tanto como el mundo? Cualquier hombre, sea quien fuere, debe reconocer esta maravilla única, cuyas causas, divinas o humanas, ciertamente merecen ser estudiadas y admiradas por los sabios, con preferencia a todo lo que tienen para ofrecer Grecia y Roma.” (14)
Con la revelación del Sinaí, algo sin precedentes ingresó en el horizonte del hombre, aunque transcurrirían siglos, milenios, antes de que todas sus implicancias sean comprendidas. En el Sinaí, nació la política de la libertad.

Victor Villasante Paredes
(1) “El gobierno de los israelitas era una federación, unida por no por una autoridad política, sino por la unidad de una raza y una fe, y fundada, no en la fuerza física, sino en un pacto voluntario”. Lord Acton, Essays in the History of Liberty (Liberty Press, 1985), 7 (2) Alexis de Tocqueville, Democracy in America, libro 1, capítulo 15; John Stuart Mill, introducción a “On Liberty” (3) J.L. Talmon, The Origins of Totalitarian Democracy (Secker and Warburg, 1955) (4) Lord Acton, Essays in the History of Liberty, 13 (5) Sobre la desobediencia civil en el judaísmo, ver los ensayos de Moshe Greenberg, Maurice Lamm and Milton Konvitz sobre Ética Judía Contemporánea, ed. Menachem Kellner (Sanhedrin Press, 1978), 211–254; y del autor Harold Schulweis, “Conscience: The Duty to Obey and the Duty to Disobey” ( Jewish Lights, 2008) (6) Calvin, Jeremiah, clase 2: r.44. Cited in Michael Walzer, The Revolution of the Saints: A Study in the Origins of Radical Politics (New York: Atheneum, 1972), 63 (7) Re-impreso en Political Writings (Cambridge University Press, 1989), 3–38 de Thomas Paine. El panfleto vendió 100.000 copias solamente en el año 1776. Paine basó su postura anti-monárquica en pasajes de la Biblia Hebrea. (8) La frase proviene de la Declaración de Independencia de Estados Unidos (9) Shabbat 88a (10) Shabbat 88a (11) El otro es Shir HaShirim, la Canción de Canciones. (12) Avoda Zara 3a (13) Mekhilta, ad loc (14) Estas notas sin publicar están conservadas en la biblioteca pública de Neuchatel. Citado en The History of Anti-Semitism (Routledge and Kegan Paul, 1975), vol. 3:104–5, de Leon Poliakov.

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