Octubre 23, 2020
El primer ministro de Etiopía, Abiy Ahmed, y el presidente del Consejo Soberano de Sudán general Abdel Fattah al Burham Foto: REUTERS/Mohamed Nureldin Abdallah


Washington ha dado a Sudán un plazo de 24 horas para que decida si acepta el trato de normalizar las relaciones con Israel a cambio de ayuda económica y de salir de la lista negra estadounidense de países que patrocinan el terrorismo, informan varias fuentes árabes, entre ellas CNN Árabe y Asharq News, con sede en Dubái, que a su vez citan a altos factores del gobierno de Jartum.
Los reportes añaden que los líderes del gobierno sudanés han mantenido largas horas de discusión para analizar la oferta.
El mes pasado, funcionarios de Sudán, Estados Unidos y Emiratos Árabes Unidos mantuvieron intensas conversaciones en Abu Dabi, sobre la posibilidad de alcanzar un acuerdo según el cual el país africano normalizaría las relaciones con Israel.
En febrero pasado, el primer ministro, Benjamín Netanyahu, se reunió con el presidente del Consejo Soberano de Sudán, teniente general Abdel Fattah al Burhan, en Uganda, y ambos líderes siguieron discutiendo la posibilidad de normalizar las relaciones entre los dos países a través de canales secretos.
Sudán aún debe pagar 300 millones de dólares de indemnización a las familias de los ciudadanos estadounidenses asesinados en atentados terroristas contra embajadas de Estados Unidos en Nairobi, Kenia, y Dar es Salam, Tanzania en 1998 y contra el buque USS Cole en el año 2000.
Según los reportes, Sudán reclama a Estados Unidos que lo quite de su lista de países que patrocinan el terrorismo y apruebe un proyecto de ley en el Congreso que le brindaría inmunidad contra futuras demandas en los tribunales norteamericanos.
El secretario de Estado, Mike Pompeo, cree que la normalización de relaciones entre Sudán e Israel convencerá a los legisladores demócratas y republicanos para que apoyen tal proyecto de ley.
Burham se reunió a fines de septiembre, en Abu Dabi, con el príncipe heredero, jeque Mohammed bin Zayed. Y en los márgenes del encuentro, funcionarios de primera línea de Estados Unidos, Sudán y Emiratos discutieron los detalles del posible acuerdo que incluiría la normalización con Israel a cambio de un gran paquete de asistencia económica de Estados Unidos.
El vicepresidente del Consejo Soberano de Sudán, general Mohammad Hamdan Dagalo, conocido popularmente como “Hemetti”, manifestó recientemente que Jartum establecerá pronto relaciones con Israel, para beneficio del país africano.
“Israel es desarrollado. Todo el mundo trabaja con Israel. Necesitamos a Israel para el desarrollo y la agricultura”, apuntó Dagalo al canal Sudan24TV.
Sudán está actualmente regido por un gobierno de transición, integrado por militares y civiles, que fue creado tras el derrocamiento del dictador Omar al Bashir, el año pasado.
Según los informes, los militares están ansiosos por alcanzar un acuerdo de paz con Israel, mediado por Estados Unidos, a cambio de ayuda económica para sacar al país de la crisis; pero los políticos civiles que integran el gobierno interino prefieren sellar el pacto después de las elecciones el año próximo.
Jóvenes ultraortodoxos judíos observan a oficiales de la policía israelí que tratan de hacer cumplir el confinamiento parcial contra el coronavirus en el barrio de Mea Shearim en Jerusalén Foto archivo: REUTERS/Ronen Zvulun

Los judíos ultraortodoxos son el 12% de la población israelí y concentran más del 40% de los casos de coronavirus. Tal como sucedió en la primera oleada, son el principal foco de contagio de una pandemia que no ha logrado domar su fervor religioso, que una vez más ha triunfado sobre las instrucciones del Gobierno, ignoradas por muchos de ellos.
Mientras la segunda ola de coronavirus va cediendo en Israel, confinado hace casi tres semanas, un "Estado dentro del Estado" mantiene cifras altísimas y sigue ignorando las directrices del Gobierno.
Tras alcanzar del 15%, el ratio de casos positivos sobre el total de pruebas en el país se ubica ya por debajo del 8%. Entre los ultraortodoxos, sin embargo, esta cifra se mantiene desde hace semanas en torno al 25%.
Del total de localidades, barrios y ciudades catalogadas como epicentros del virus, más de un 60% se componen mayormente de este sector social, que según cifras del Instituto Weizmann, concentra un 46% de los infectados.
Uno de los principales desencadenantes de la veloz propagación del virus en la comunidad es su peculiar estilo de vida, con la religión como eje principal y caracterizado por un fuerte componente comunitario.
Sus rezos, tres veces al día, requieren de la presencia de al menos 10 hombres. Sus familias, con un promedio de siete hijos por pareja, viven hacinadas en los pequeños departamentos que se pueden permitir con el dinero que les provee el Estado por dedicar su vida (los hombres) al estudio de la Torá.
"La base de nuestra sociedad es la proximidad de unos con otros, la vida en comunidad, así que es especialmente difícil respetar las instrucciones de distanciamiento social", dijo Eliezer Eisikovits, que reside en la ciudad ultraortodoxa de Elad, en el centro de Israel.
Otro de los factores, agrega, es una falta de confianza de esta parte de la población en las autoridades, que tiene como resultado menor adhesión a las normas.
"Cuando vemos que algunas actividades están permitidas por motivos políticos, como las protestas, mientras las sinagogas permanecen cerradas, eso hace que muchos en la comunidad sientan que sus intereses son menos importantes que los de otros y piensen que las restricciones tienen motivaciones políticas o ideológicas en lugar de científicas o médicas", explica.
Durante el último mes se viralizaron, casi a diario, vídeos de ultraortodoxos reunidos en masa, dentro y fuera de sinagogas e ignorando las normas de distanciamiento social. Primero fueron casamientos, luego celebraciones religiosas durante las festividades de Rosh Hashaná (Año Nuevo judío) y Yom Kipur (Día del Perdón) y, esta semana, la guinda: un funeral en Ashdod al que asistieron 5.000 personas. Cinco mil, una junto a otra, en pleno confinamiento, en una de las ciudades con mayor índice de casos del país, honrando la memoria de un rabino que murió, precisamente, por coronavirus.
Este comportamiento, condenado por gran parte de la sociedad, no resulta una novedad ni proviene únicamente de segmentos marginales de la comunidad.
Cuando en marzo el Ejecutivo ordenó el cierre de los colegios, el poderoso rabino Jaim Kanievsky, de 92 años y líder de uno de los principales colectivos ultraortodoxos, respondió que las escuelas religiosas permanecerían abiertas ya que "la Torá protege y salva".
La semana pasada, a seis meses de aquella decisión, que luego rectificó, contrajo el virus tras violar las normas del actual segundo confinamiento y hoy permanece aislado en su casa, con fuertes síntomas.
Otro líder importante, el rabino Isajar Dov Rokaj, dijo ayer que el cumplimiento de las restricciones por la pandemia no deberían venir a expensas de la vida judía e incluso instruyó a sus seguidores que continúen con su vida religiosa con normalidad.
"Cada grupo poblacional tiene segmentos que no respetan las normas y rechazan las que afectan las actividades que para ellos son más importantes", explica Isaac Pindros, parlamentario por el partido ultraortodoxo Judaísmo Unido de la Torá, que resalta que tan solo un 20% de su comunidad ignora las restricciones.
"Para algunos lo más importante son sus negocios, para otros las protestas, para otros la educación. Y para nosotros lo más importante es rezar", agrega, y enfatiza que la decisión de seguir rezando no se basa en una creencia de que eso puede ayudar a frenar la pandemia, sino en el respeto a la tradición.
Aunque resulta difícil estimar qué porcentaje de los ultraortodoxos israelíes está ignorando las instrucciones del Gobierno, sí es un hecho que se han generado fuertes disputas internas entre sus diversos y muy variados grupos, tanto por cómo los más rebeldes dañan la imagen del resto como por el posible riesgo que pueden implicar para la salud de quienes sí cumplen las normas.
"Antes de la pandemia, la tendencia de nuestro colectivo era la integración al resto de la sociedad, con más gente trabajando en espacios laicos y mayor presencia en las universidades. Pero creo que el enojo y la hostilidad hacia la comunidad por el tema del coronavirus nos ha hecho retroceder y está profundizando la separación", se lamenta Eisikovits. EFE

Fuente: Aurora Digital
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