Mayo 10, 2021
Atardecer en el Monte Sinaí. - Foto: Wikipedia - CC BY-SA 3.0
La manera más emblemática de recordar la salida de la esclavitud es tener nuestros hogares absolutamente limpios de alimentos fermentados, -de jametz- durante la fiesta de Pésaj.
La prohibición del jametz no se limita simplemente a la fiesta de Pésaj ya que tampoco se podía ofrecer levadura en el altar del templo de Jerusalén.
Rambam-Maimónides, en su Guía de los Perplejos (3:46), sugiere que “la Torá prohíbe la ofrenda de jametz en el altar del templo porque es similar a las prácticas idólatras paganas que ofrendaban pan leudado, con toda clase de alimentos dulces y untaban sus sacrificios animales con miel”. La correspondencia del jametz con la idolatría se vuelve aún más fascinante cuando la aplicamos a la prohibición del jametz en Pésaj. Aprendimos que la matzá simboliza la prisa del éxodo (Shemot 12:39), pero ¿por qué debería prohibirse toda la levadura? El Zohar (2:182) equipara jametz e idolatría: “Quien come jametz en Pésaj es como si le rezara a un ídolo”. Muchos comentaristas han sugerido que la ceremonia del Cordero Pascual en Egipto fue un rechazo público al culto egipcio a las ovejas. Rashí (comentando Shemot 12:20) ve el mandato de tomar el cordero como un rechazo público de la adoración pagana.
Grandes rabinos compararon entre la levadura y el “yetzer hará”, la inclinación al mal, la fuerza impulsora del pecado, y el Talmud en Berajot 17a nos cuenta que, “el rabino Alexandri terminaba sus oraciones suplicando: Maestro del Universo, Tú sabes muy bien que es nuestro deseo actuar de acuerdo a Tu voluntad; pero ¿qué nos impide hacerlo? - la levadura en la masa”. En la Torá, se utilizan dos términos para designar la levadura: “seor” y “jametz”. ¿Cuál es la diferencia entre ellos? Seor es un trozo de masa a la que se le ha dejado alcanzar un alto grado de fermentación y es incomible, pero cuando se amasa un trozo de esa masa con una mezcla de harina y agua, acelera el proceso de fermentación y crea “jametz”. El rabino Alexandri ve al “seor” como una metáfora de los poderosos impulsos y las pasiones inflamatorias que acechan dentro de nosotros. Nuestra mente tiene la capacidad de distorsionar la realidad de nuestra visión, inflamar nuestros deseos y llevarnos en direcciones que nunca tomaríamos si siguiéramos la razón. El impulso al mal fermenta y corrompe. La “levadura en la masa” nos hace perder el autocontrol, nos vuelve irracionales y nos lleva a la deshonestidad.
El rabino Naftali Tzvi Berlin sugiere que la importancia del jametz radica en el ejercicio del control humano más que en su pérdida. La matzá no aprovecha el ingenio tecnológico humano y la creatividad que permite al hombre levar la masa más que la simple harina y el agua que son parte de la Creación. Jametz es el epítome de la intervención humana en la naturaleza. Por lo tanto, quitar la levadura simboliza la supervivencia y la existencia continua del pueblo judío, que sobrevive a “través del espíritu divino”. Alcanzar que el pan creciera fue un avance especializado en la tecnología alimentaria, una típica manipulación humana de los elementos. Esta creatividad e ingenio se describe como lo “divino” en el hombre, su “imagen de Dios” y nos recuerda que también el ser humano puede y debe crear.
Sin embargo, en el lugar donde la presencia de Dios se manifiesta más intensamente, en el Templo, no hay lugar para ese espíritu creativo. El altar no es un lugar para la tecnología alimentaria, allí consagramos que la materia prima tiene fuente divina. Jametz, el producto de elaboración humana, no tiene lugar allí. Sería un contrasentido presuntuoso.
De manera similar, en la fiesta del nacimiento de nuestra nación, liberada saliendo de un régimen opresivo, explotador y tiránico, sin levantar un dedo, conmemoramos el poder de Dios. En el Mar Rojo, la gente estaba acurrucada, asustada, y aterrorizada ante el imponente ejército egipcio y Moshé les instruyó “no temáis; estad firmes, y ved la salvación que Dios hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. El Señor peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos” (Shemot 14: 13-14).
Por lo tanto, conmemoramos este evento absteniéndonos de manipular nuestro alimento más básico: el pan. Proclamamos que la esencia misma de nuestro ser proviene directa y completamente de Dios.
El rav Yoel Bin Nun, nos dice que en Shavuot-Pentecostés que cristaliza la identidad del pueblo judío, traemos dos hogazas de pan al templo (Shemot 23:17). Pero en la ofrenda de acción de gracias (una variación de la ofrenda de paz - shelamim), se llevan al Templo tres tipos de panes. Para el rav Bin Nun la levadura representa la realización de un proceso que ha seguido su curso debido. El mejor producto de la harina y agua es un pan o un pastel hechos con levadura. Evitar la fermentación, por otro lado, representa figurativamente solo el punto de un proceso incumplido, que apenas está en su primera etapa. Por ello no podemos vernos representados por el símbolo de la levadura, porque todavía debemos recorrer el tortuoso camino del perfeccionamiento humano y religioso.
Shavuot es el momento de traer los primeros frutos de la nueva cosecha en la Tierra de Israel al Templo y está vinculado a Pésaj por el Omer. Contamos siete ciclos de siete días desde Pésaj y luego celebramos Shavuot.
Pésaj es el comienzo de un proceso; Shavuot es su final. En Pésaj, comemos solo pan sin levadura después de eliminar lo leudado. En Shavuot, traemos panes de levadura porque estamos llegando al fin del proceso.
En Pésaj logramos nuestra libertad pero, al comer únicamente matzá siete días, tomamos conciencia que apenas estamos dando los tímidos primeros pasos como nación. Para llegar al objetivo faltan siete semanas, recién entonces podremos celebrar nuestro desafío espiritual al recibir la Torá que encarna nuestro desafío, nuestra meta y nuestro destino. En segundo lugar, porque Shavuot es la fiesta de la Tierra de Israel en la que traemos los primeros frutos y enfatizamos la idea de que nuestro objetivo es crear “un reino de sacerdotes y una nación santa”, un pueblo que en su tierra viva siguiendo los principios morales establecidos en los Diez Mandamientos y en la Torá. En el final de esa etapa podremos ingerir el pan completo -de la obra realizada y lograda- con levadura.
Asimismo, en el sacrificio de acción de gracias de Shavuot, cuando reconocemos la liberación de la situación que puso en peligro la vida, por sanarnos de una enfermedad o algo peor, traemos tres panes juntamente con el sacrificio de alabanza, panes ázimos amasados con aceite, hojaldres ázimas untadas de aceite y tortas de flor de harina amasadas con aceite" (Vaikrá, 7:12). La ofrenda describe el viaje desde las profundidades del temor y la desmoralización hasta las alturas de la salud y la vida. El simbolismo de esta ofrenda habla del agradecimiento al papel que Dios juega al ayudarnos a salir de una situación desesperada y agobiada, dolorida, y pesimista, otorgando esperanza y salvación. Ese es el papel de la levadura y el pan ázimo en la ofrenda de acción de gracias. Esos son los dos polos del puente que une ambas fiestas.
Les deseo queridos amigos de Aurora y a todo el pueblo un Pésaj feliz sin levadura y a su tiempo un Shavuot con levadura, donde podamos festejar no solo nuestra superación personal sino la definitiva liberación de la pandemia que tanta desocupación, secuelas de la enfermedad, muerte y pesimismo viene causando hace ya más que un año a todos los seres humanos.
Pacífico Comunicaciones
Victor Villasante
Una mesa lista para el Seder de Pesaj Foto: Wikimedia Dominio Público
Las familias judías pudieron volver a reunirse hoy en Israel en torno a la mesa del "seder", la cena ritual que da inicio al Pésaj (Pascua) que debió circunscribirse al grupo nuclear o en muchos casos no pudo celebrarse el año pasado por un toque de queda que limitó la fiesta de la libertad.
Sin restricciones este año tras la exitosa campaña de vacunación, la cena ceremonial de hoy abre una semana festiva en Israel, que conmemora el éxodo desde Egipto cuando el pueblo judío escapó de la esclavitud.
"Y por supuesto me siento mucho más cómoda al reunirme con mis abuelos cuando todos ya están vacunados y no tener que estar preocupada por el virus", declaró Yuval Ungar, de 23 años, antes de trasladarse a la casa familiar.
El lavado de manos de manera ritual, el consumo de cuatro copas de vino y la lectura de la Hagadá, libro que recopila el relato bíblico del éxodo de los judíos, son parte de la tradicional cena de hoy.
Esta festividad se caracteriza porque no se consume productos hechos con harina leudada, incluyendo cerveza y pan.
En su lugar se come el "matzá", pan ázimo que rememora la apresurada salida de los judíos del Egipto faraónico, tras más de 200 años como esclavos, por lo que no tuvieron tiempo de cocer sus panes.
Las familias, sobre todo religiosas, limpian minuciosamente las casas antes de la Pascua judía para dejarlas sin una mota de levadura y buena parte de los negocios también se vacían de productos leudados.
El año pasado el toque de queda y el cierre de ciudades para contener el coronavirus impidió que las familias se reunieran. Hoy con más de la mitad de la población vacunada con las dos dosis y la pandemia controlada, Israel comenzó a celebrar al caer la tarde una de las festividades más importantes de la tradición judía. EFE y Aurora
Pacífico Comunicaciones
Victor Villasante
Charlie Chaplin en la película "El Gran Dictador" Foto: Wikimedia Commons Dominio Público La casa de campo suiza donde el actor y director Charles Chaplin vivió "exiliado" sus últimos 25 años, hoy convertida en un museo en su honor, celebra con una exposición el 80 aniversario de "El Gran Dictador", su película más arriesgada, con un mensaje de libertad que aún resuena.
La muestra, abierta hasta el 29 de agosto en este museo con vistas a los Alpes, llamado Universo Chaplin, rememora una película estrenada en octubre de 1940, antes incluso de que Estados Unidos entrara en la Segunda Guerra Mundial, y que Chaplin sacó adelante en medio de dificultades financieras y presiones en su contra.
AMENAZAS DE MUERTE Y TEMOR DURANTE EL RODAJE
"Recibió amenazas de muerte durante el rodaje (en 1939), y dudó en estrenarla por si podía poner en un riesgo aún mayor a los judíos, pero incluso el presidente estadounidense (Franklin D. Roosevelt) le animó a que la terminara", cuenta la jefa de prensa del museo, Annick Barbezat-Perrin.
La exposición desvela, gracias a fotos inéditas de Dan James (ayudante personal de Chaplin) detalles desconocidos de la icónica película, en la que el artista británico encarnaba dos personajes: un anónimo barbero judío y Adenoid Hynkel, un trasunto de Adolf Hitler que dirigía con mano de hierro la nación de Tomania.
Las fotos de James muestran por ejemplo escenas rodadas pero nunca vistas de la película en las que Hynkel se montaba en un dirigible de juguete, o jugaba con una mascota de su esposa en la ficción, un mono, que finalmente no apareció en el film, como tampoco un burro que debía hacer el saludo nazi con su cola.
"Además se expone la chaqueta original que Chaplin llevaba cuando encarnaba a Hynkel, que descubrimos en una colección privada aquí en Suiza", explica Barbezat-Perrin.
La exposición también aclara aspectos poco conocidos del rodaje, como el hecho de que los tanques que aparecen al final de la película, saliendo de forma cómica de montones de heno, eran en realidad miniaturas, o que Chaplin realmente rodó boca abajo algunas de las escenas iniciales en avioneta.
UN FILM DE HUMOR ARRIESGADO
El objetivo, en cualquier caso, es recordar una película que se adapta como pocas a la tópica expresión "adelantada a su tiempo", al demostrar que se podía hacer humor de personajes tan siniestros ya entonces como Hitler o Mussolini (reconvertido en el film en Benzino Napoloni, generalísimo de la nación de Bacteria).
"Chaplin siempre estuvo muy orgulloso de esta película, que todavía es muy relevante en el contexto político actual", ya que "es un recordatorio de que nuestra libertad no está garantizada, de que aún hay dictaduras en muchos países y debe valorarse la libertad", señaló la responsable de prensa del museo.
"El Gran Dictador" también demostró que mientras se hacía humor se podían reivindicar valores como la libertad o la igualdad, si bien el propio Chaplin admitió años después que si entonces se hubieran conocido las atrocidades del régimen nazi con los judíos hubiera reconsiderado el hacer o no la película.
Sin embargo, por otro lado, el destino parecía "condenar" a Chaplin a rodar esta película, por su curiosa vinculación con Hitler: ambos habían nacido casi a la vez (en abril de 1889, con sólo cuatro días de diferencia) y los dos compartían un característico bigote "cepillo de dientes".
"La prensa de aquella época ya comparaba a menudo el aspecto de ambos, y Chaplin solía bromear diciendo que Hitler le había robado el bigote para ganar simpatías entre la gente", recuerda Barbezat-Perrin.
SU PRIMER "TALKIE"
La película fue también importante en la carrera de Chaplin porque fue la primera en la que no encarnaba a su personaje más famoso, el vagabundo Charlot, y también la primera en la que el actor, durante muchos años reacio al cine sonoro, tenía verdaderos diálogos.
Cuatro años antes, en "Tiempos Modernos", Charlot había hablado por primera y última vez en el cine, aunque lo hizo cantando una canción en un idioma incomprensible que Chaplin improvisó sobre la marcha.
El actor y director londinense, que en muchos de sus filmes mostró su compromiso con los más marginados y cierta rebeldía con el poder establecido, dejó Estados Unidos a principios de los años 50, tras ser acusado de comunista en el contexto del macartismo, y vivió con su enorme familia en Suiza hasta su muerte en 1977.
En el 80 aniversario de "El Gran Dictador", Universo Chaplin también anima a los aficionados al cine a rendirle homenaje entrando en la web letusallunite.world para participar con sus fotos en la elaboración de un cartel que reproducirá las palabras del mítico discurso final del film.
"Luchemos por el mundo de la razón, un mundo donde la ciencia, el progreso, nos conduzca a todos a la felicidad", decía Chaplin al final de ese discurso: unas palabras que, ocho décadas después, seguirán sonando con fuerza en la mente del espectador. EFE
Pacífico Comunicaciones
Victor Villasante

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