Octubre 23, 2020
Jóvenes ultraortodoxos judíos observan a oficiales de la policía israelí que tratan de hacer cumplir el confinamiento parcial contra el coronavirus en el barrio de Mea Shearim en Jerusalén Foto archivo: REUTERS/Ronen Zvulun

Los judíos ultraortodoxos son el 12% de la población israelí y concentran más del 40% de los casos de coronavirus. Tal como sucedió en la primera oleada, son el principal foco de contagio de una pandemia que no ha logrado domar su fervor religioso, que una vez más ha triunfado sobre las instrucciones del Gobierno, ignoradas por muchos de ellos.
Mientras la segunda ola de coronavirus va cediendo en Israel, confinado hace casi tres semanas, un "Estado dentro del Estado" mantiene cifras altísimas y sigue ignorando las directrices del Gobierno.
Tras alcanzar del 15%, el ratio de casos positivos sobre el total de pruebas en el país se ubica ya por debajo del 8%. Entre los ultraortodoxos, sin embargo, esta cifra se mantiene desde hace semanas en torno al 25%.
Del total de localidades, barrios y ciudades catalogadas como epicentros del virus, más de un 60% se componen mayormente de este sector social, que según cifras del Instituto Weizmann, concentra un 46% de los infectados.
Uno de los principales desencadenantes de la veloz propagación del virus en la comunidad es su peculiar estilo de vida, con la religión como eje principal y caracterizado por un fuerte componente comunitario.
Sus rezos, tres veces al día, requieren de la presencia de al menos 10 hombres. Sus familias, con un promedio de siete hijos por pareja, viven hacinadas en los pequeños departamentos que se pueden permitir con el dinero que les provee el Estado por dedicar su vida (los hombres) al estudio de la Torá.
"La base de nuestra sociedad es la proximidad de unos con otros, la vida en comunidad, así que es especialmente difícil respetar las instrucciones de distanciamiento social", dijo Eliezer Eisikovits, que reside en la ciudad ultraortodoxa de Elad, en el centro de Israel.
Otro de los factores, agrega, es una falta de confianza de esta parte de la población en las autoridades, que tiene como resultado menor adhesión a las normas.
"Cuando vemos que algunas actividades están permitidas por motivos políticos, como las protestas, mientras las sinagogas permanecen cerradas, eso hace que muchos en la comunidad sientan que sus intereses son menos importantes que los de otros y piensen que las restricciones tienen motivaciones políticas o ideológicas en lugar de científicas o médicas", explica.
Durante el último mes se viralizaron, casi a diario, vídeos de ultraortodoxos reunidos en masa, dentro y fuera de sinagogas e ignorando las normas de distanciamiento social. Primero fueron casamientos, luego celebraciones religiosas durante las festividades de Rosh Hashaná (Año Nuevo judío) y Yom Kipur (Día del Perdón) y, esta semana, la guinda: un funeral en Ashdod al que asistieron 5.000 personas. Cinco mil, una junto a otra, en pleno confinamiento, en una de las ciudades con mayor índice de casos del país, honrando la memoria de un rabino que murió, precisamente, por coronavirus.
Este comportamiento, condenado por gran parte de la sociedad, no resulta una novedad ni proviene únicamente de segmentos marginales de la comunidad.
Cuando en marzo el Ejecutivo ordenó el cierre de los colegios, el poderoso rabino Jaim Kanievsky, de 92 años y líder de uno de los principales colectivos ultraortodoxos, respondió que las escuelas religiosas permanecerían abiertas ya que "la Torá protege y salva".
La semana pasada, a seis meses de aquella decisión, que luego rectificó, contrajo el virus tras violar las normas del actual segundo confinamiento y hoy permanece aislado en su casa, con fuertes síntomas.
Otro líder importante, el rabino Isajar Dov Rokaj, dijo ayer que el cumplimiento de las restricciones por la pandemia no deberían venir a expensas de la vida judía e incluso instruyó a sus seguidores que continúen con su vida religiosa con normalidad.
"Cada grupo poblacional tiene segmentos que no respetan las normas y rechazan las que afectan las actividades que para ellos son más importantes", explica Isaac Pindros, parlamentario por el partido ultraortodoxo Judaísmo Unido de la Torá, que resalta que tan solo un 20% de su comunidad ignora las restricciones.
"Para algunos lo más importante son sus negocios, para otros las protestas, para otros la educación. Y para nosotros lo más importante es rezar", agrega, y enfatiza que la decisión de seguir rezando no se basa en una creencia de que eso puede ayudar a frenar la pandemia, sino en el respeto a la tradición.
Aunque resulta difícil estimar qué porcentaje de los ultraortodoxos israelíes está ignorando las instrucciones del Gobierno, sí es un hecho que se han generado fuertes disputas internas entre sus diversos y muy variados grupos, tanto por cómo los más rebeldes dañan la imagen del resto como por el posible riesgo que pueden implicar para la salud de quienes sí cumplen las normas.
"Antes de la pandemia, la tendencia de nuestro colectivo era la integración al resto de la sociedad, con más gente trabajando en espacios laicos y mayor presencia en las universidades. Pero creo que el enojo y la hostilidad hacia la comunidad por el tema del coronavirus nos ha hecho retroceder y está profundizando la separación", se lamenta Eisikovits. EFE

Fuente: Aurora Digital
Foto: Pixabay

Las malas noticias sobre el COVID-19 van de la mano con el aumento de las cifras en el ámbito mundial. Los índices de muertes, infecciones, rebrotes y escaladas de los contagios en el mundo son un preocupante indicador, mientras las curas, las vacunas, los anticuerpos, los medicamentos son aún promesas que deben administrarse en conjunto con las medidas de prevención emitidas por las instituciones, pero que cada país aplica a su buen saber y entender o según sus propias capacidades y disponibilidad de recursos y servicios básicos.
Las últimas cifras no pueden ser más alarmantes. Los casos registrados en el mundo ya alcanzaron los ocho millones y la cantidad de muertes llegó a 434 mil.
En el continente americano EEUU. encabeza la lista mundial de infectados, abrogándose el 25% del total mundial de casos reportados —unos dos millones de personas—. Sudamérica registra el mayor foco de rebrote mundial, con 21% de todos los casos.
En el otro lado del espectro, la OMS reporta que se han recuperado poco más de 4 200 000 personas. Sin embargo, China y EE. UU. se están enfrentando a nuevos brotes, mientras que Brasil ostenta la penosa segunda posición en el mundo.
El ministerio de Salud de Israel reporta que, a pesar de haber mantenido a raya la pandemia, la semana pasada se registró un preocupante repunte en la aparición de infectados, mostrando hasta 182 casos reportados en un lapso de 24 horas. El conteo en el Estado judío hasta la fecha es de 19 338 casos diagnosticados; 302 fallecidos; 27 pacientes en estado grave y 15 438 recuperaciones.
Mientras tanto, Netanyahu informa que la economía del país se encuentra en estado de recuperación y funcionamiento casi pleno. Como dato, tanto curioso como importante, se pudo conocer que el número de infectados en el mercado Levinsky de Tel Aviv representa el doble del promedio nacional.
En Latinoamérica la situación es variopinta, con algunos países que representan distintos estados en las cifras, sin embargo, vale la pena destacar la lastimosa situación de Venezuela. El régimen de Maduro, desconocido por una amplia cantidad de naciones, ha sumido el país en una situación en la que los servicios más básicos como el de electricidad o agua corriente llegan, si es que lo hacen, de manera esporádica y milagrosa a los hogares venezolanos, situación de la que no escapan los hospitales y centros de salud, públicos y privados, donde el sencillo acto de lavarse las manos es una maniobra complicada.
Diariamente Maduro y sus voceros, como los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez, usando técnicas goebelianas, anuncian cifras, bajas de infecciones y altas en los esfuerzos y éxitos oficiales, ambas inverosímiles e improbables, dadas las paupérrimas condiciones socio-económicas en las que se encuentra sumido el país. Entre las joyas comunicacionales acuñadas por el régimen y sus asesores cubanos, para evadir las responsabilidades, se encuentra la definición de “casos importados”, para etiquetar y disgregar los casos de los migrantes venezolanos que abandonaron el país para buscar trabajo y comida en el resto de Sudamérica, muchas veces recorriendo a pie miles de kilómetros y obligados por la pandemia a retornar a Venezuela, trayendo consigo casos de infecciones y potenciales contagios.
Muchos especialistas reportan oscuridad en Venezuela en relación con las cifras de la COVID-19, y han advertido que la verdadera situación pudiera convertirse en un riesgo para todo el continente.

Pacífico Comunicaciones
Victor Villasante

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